Lo he comentado alguna vez o me gusta comentarlo, no sé. La forma en que ordeno mis recuerdos en el Spotify. Voy abriendo listas que son estados de ánimo. Después las listas de viajes, que surgen de esos estados de ánimo concretos: no es lo mismo rollito que Grey o Alone in my room.
Esas canciones llegaron allí por días concretos, de forma aleatoria. Se tienen que dar distintas circunstancias para que tú recurras a la música, aunque recurras a ella todo el tiempo. Las canciones pueden surgir de una mesa con unos litros y algunos amigos o pueden surgir porque quieres recoger la habitación o porque quieres ponerte a trabajar. Pero van quedando registradas en un historial al que puedes volver a recurrir cada vez que gustes.
Imaginaos a ese personaje, que en el momento cumbre de su vida escuchó una canción de fondo. Ese personaje asociará esa canción con una sensación de éxtasis y la tarareará el resto de su vida en momentos alegres. La maldición de ese personaje es que no sabe qué canción es y jamás pudo volverla a escuchar, aunque la recuerde a su manera la tarareará mal siempre. Los millenials tenemos la opción de guardar esa canción y recrearnos infinitamente en ella y en todo lo que puede surgir de ahí.
Todo esto para decir que aquí os dejo la playlist de mis canciones más escuchadas en el Spotify durante el 2018. No las recomendaciones pedantes, lo que de verdad has escuchado junto con la interferencia de alguna mano amiga que cogió el mando de la sesión a mitad de la fiesta en un momento dado y queda registrada la huella de su mente, de alguna manera, en mi lista. Cada una de estas canciones me transportan a algún momento de este año, a alguna persona en concreto o a alguna sensación que experimenté durante estos meses. Os animo a que miréis la vuestra y viajéis un rato a través de la memoria.
PD: ¡Os animo a compartir vuestras listas en los comentarios!
[infobox maintitle=”Oliver Sacks” subtitle=”“Muchas personas de pronto comienzan a oír un tema musical de una película, un programa de televisión o un anuncio. Esto no es una casualidad, pues dicha música, en términos de la industria musical, está pensada para “enganchar” al que la escucha, para ser “pegadiza”, para abrirse camino, como un cortapicos, hacia el oído o la mente; de ahí el término «gusanos cerebrales». (Una revista de 1987 las definía, medio en broma, como «agentes musicales cognitivamente contagiosos»). ” bg=”pink” color=”white” opacity=”on” space=”30″ link=”https://www.anagrama-ed.es/libro/argumentos/musicofilia/9788433962898/A_394″]
No sé qué forma tienen dentro de mi cerebro pero siento cómo existen dentro de él, dentro de mí, dentro de mi más profundo ser. Me los imagino serpenteando mis neuronas y coloreándolas de sonidos. Entonces yo tarareo en la oscuridad, sentado en el banco de un parque o en la cara de un amigo que me cuenta sus problemas, a millas de distancia del sentido de mi canción. Esos gusanos me corroen la mente. Y quizás son los culpables de que me siente a escribiros, de nuevo, aunque nunca me contestéis.
¿De donde vienen esos insectos? ¿Son viscosos como los que recorren los músculos cuando ya hemos muerto? ¿O son simples impulsos llenos de información, como si un hacker hubiese propagado un virus en mi frente? Llegado a este punto, pienso que los artistas son ingenieros piratas que insertan información a través de obras manipulativas. Quieren hacerte sentir vulnerable, triste y alegre; como Dioses que mandan plagas o días soleados según se hayan portado esa semana sus fieles.
Desde hace días canturreo constantemente la misma canción. Un maldito compositor ha hackeado mi mente. Y veo mientras, supermercados muertos de vida surgiendo más allá de las montañas. Noto como si un gran tsunami eléctrico recorriera mi espinazo y el mundo en el que vivo. Pienso en la era tecnológica y en cómo esparcimos asfalto sobre campos vírgenes llenos de vida. Primero limpiamos la zona para evitar cualquier interferencia y después esparcimos nuestra red de información. Dentro de ella, cada uno deja su huella todo lo que puede. Y esos malditos músicos me hackean la mente.
Sometimes I can’t believe it,
I’m moving past the feeling again…
Sometimes I can’t believe it,
I’m moving past the feeling again…
Sometimes I can’t believe it,
I’m moving past the feeling again…
El bucle de la canción, en el que me sumerjo en la continua repetición. A veces canto no matter what. Otras prefiero nadar sobre la superficie, dejándome llevar por los acordes y las disonancias, que no son sino una interferencia en el viaje. Algo sucede, me bajo del coche y miro a mi alrededor. ¡Cuántas luces tiene la ciudad! ¿Os habéis fijado? Cómo respira de noche, como proyección de nuestra realidad que respira acompasada. Habrá algún lugar abierto, alguien que se haya dejado la puerta entornada, la noche de las oportunidades.
Sin embargo, yo soy una de esas luces. Alguien ve mi lámpara a través de las cortinas translúcidas que sirven como un cartel en el pomo de una puerta de hotel. Los vecinos saben que estoy despierto. Y solo, o acompañado. No lo sé. No lo saben. Yo estaba viajando a través de Matrix. Esos gusanos recorren mi mente. Se metieron a través de un solo de guitarra que me trasladó a los suburbios, donde se ve la ciudad desde fuera con toda su brisa artificial. Esos cuerpos contagiosos son la propagación de sus creadores. Los gusanos hacen lo que les manda su guitarrista.
Si eres músico dame el antídoto, o el antivirus. Y si no quieres, da igual. Sigue infectándome el cerebro con notas y caminos de colores. Arcade Fire suena a una carretera roja pálido, en el que no veo los márgenes, solo el horizonte. Y todo bulle en impulsos eléctricos. Seguid asaltándome la mente, como hace todo el mundo que me ha construido y mientras yo seguiré acelerando. Solo soy un disco duro de información con consciencia de serlo.
A partir de ahora, todos vosotros sabréis que no hay que esperar a la muerte para tener los sesos llenos de gusanos. Juegan y se enredan sobre vuestros pensamientos gelatinosos. Lo roen todo como roes tú la pata de ese pollo muerto. Y se hacen cada vez más grandes esos parásitos de tu cerebro que hacen que vivas dentro de todas las realidades de una canción, de todo un mundo en red. Todo esto lo hicieron los gusanos, a través de mí, y ahora también os devorarán a vosotros, como lo hicieron conmigo.
Estoy tan cansado que no puedo dormir. John Lennon rima con la palabra “sleep”. Estoy sentado en mi cama e intento observarme desde el techo para intentar entender cómo me siento. Así que te propongo un ejercicio. Dime cómo me ves. ¿Estoy cansado? ¿Estoy solo? Dímelo tú, yo no me veo como me ves tú. Aquí dentro siento un fuego y a la vez un humo de ceniza. Lo único que quiere John Lennon es “a little peace of mind”.
I’m so tired – The Beatles
Corto y pego. Reconstruyo. ¿Es eso lo que hacemos los escritores en el año 2017? Me gustaría que John Lennon cantara esta canción mucho más despacio. Tan despacio cantaría John Lennon en mi imaginación que sería capaz de ralentizar el tiempo. Me sobran los ruidos estridentes ahora mismo. Solo quiero que John Lennon cante más despacio para mí.
No sé cómo va a acabar este texto. ¿Debería entonces abandonar este burdo intento de escribir algo que mereciese la pena leer? Poesía de la experiencia, ¿es eso lo que hacemos los poetas en el año 2017? Me estoy considerando a mí mismo escritor y poeta. Qué pretencioso sueno a las cuatro de la mañana. Soy tan pretencioso como todos los que escriben palabras en esta época que me ha tocado vivir. Aunque esté tan cansado que ya ni sé lo que digo, me fumaré un último cigarrillo.
Me di cuenta hace tiempo que me gusta escribir a través de la música. Cada vez que pongo una canción, tengo la sensación de ver las ondas de sonido en el aire desde el altavoz a mi estómago. Las veo de colores. Cada canción tiene un color aquí en mi realidad. Voy a volver a poner “I’m so tired” para ver de qué color es. Acaba de llegar Alfonso a casa, le escucho desde aquí. Creo que esta canción es transparente. Quizás blanca, como las paredes de mi habitación o como el disco que la contiene. Pero es translúcida como los bostezos. Voy a bajar el volumen porque creo que Donato también está en casa y le puedo joder el sueño. ¿Donato en italiano es con una “T” sola?
Blackbird – The Beatles
Me gustan los desdoblamientos de personalidad, como ahora que canta Paul McCartney: “All your life, you were only waiting for this moment to arise”. Cantan ya los pájaros, debería echarme a dormir. ¿Te aburro?, no paro de preguntármelo. No eres mi madre como para interesarte por mis pensamientos. Dímelo tú desde fuera. Ya no me quedan palabras, I’m so tired.
Piggies – The Beatles
Entonces llegan las palabras, una tras otra, una tras otra. A veces hay un plan, otras no. Simplemente se suceden a la anteriores, al igual que las canciones de John Lennon en mis altavoces. ¿Has visto a los pequeños cerditos en la suciedad? John Lennon rima con “dirt”.
¿Te aburro? Dímelo tú que me ves desde fuera. Si hay en este texto alguna frase interesante para alguien en el mundo no lo sé ahora mismo. Por eso dime si te aburro, a veces simplemente hablo sin parar, en silencio. ¿Se puede acaso escribir sobre nada? Dímelo tú.
Estoy cansado y molesto por algo. Lo dice John Lennon en la canción. De mayor inventaré una aplicación para el teléfono móvil en la que cualquiera pueda elegir la emoción que quiera experimentar, solamente con elegirla en una lista que aparece en su pantalla. Es lo mismo que hago yo con la música. Elijo a John Lennon porque está cansado también. “I’m so tired, I haven’t slept a wink”.
Otro intento fallido de escribir algo que merezca le pena leer, mi cansancio es automático esta noche. Antes de abrir este documento de Word, estuve en otro en el que me creía el fuego. Mira ahora mi fuego cansado, no es más que la llama de un mechero. Desde que John Lennon dijo la palabra “upset”, estoy mosqueado. ¿Qué habrá querido decir? No sé por qué estoy molesto. Sensaciones contradictorias recorren mi piel como una tormenta de arena. ¿Le molestará a Donato la música? Guardar como…
Hace 10 años, cuando el que suscribe soplaba las 15 velas correspondientes, alguien tuvo la ocurrencia de pinchar una vieja canción que sonaba extraña, atípica, lejana, pero, al mismo tiempo, se antojaba terriblemente familiar. Se trataba de “Para ti”, el himno generacional que caracterizaba a PARAÍSO, junto con MAMÁ, como uno de los pioneros de la Movida Madrileña. La canción quedaba antigua, por tanto. Pero algo hacía pensar que la obsolescencia de aquella dulce y, a la vez, desgarradora canción, era muy cuestionable. Yo aún no lo sabía,pero aquella letra estaba más vigente que nunca.
Con el paso de los años, aquellos muchachos de 15 años pudieron comprobar cómo la letra y la melodía de “Para ti” se tornaban, cuanto menos, proféticas; cómo todos y cada uno de los mensajes encubiertos se hacían realidad. Esa canción estaba compuesta para nosotros. Para mi, para ti, para ellos. Para todos y cada uno de los chavales que, confiados y empujados por la más irracional de las valentías, saltan a las trincheras de la vida dispuestos a comerse el mundo y a no cometer los errores que advierten en aquellos que ya están de vuelta de todo; estaba compuesta para nosotros, a quienes el mundo acabó devorando.
Hoy, 10 años después, a mis recién estrenados 25 años, no puedo,. sino, recordarla y volverla a pinchar; una y otra vez, una y otra vez, con la esperanza de que algún valiente quinceañero pare un momento a reflexionar…para después lanzarse al campo de batalla de la vida, a batirse el cobre. No les pararemos, pues, aún a pesar de que el mundo acabe devorándonos, de vez en cuando, algún mordisco le pegamos, alguna victoria pírrica celebramos y algún beso robamos.
Javier García Martínez-Artero
[infobox maintitle=”Para ti – Paraíso” subtitle=”Para ti, que estás de morros esta noche
que descubres los secretos de tu cuerpo
que sonrojas tu nariz casi queriendo
que eres un gran aprendiz de seductor
Para ti, que debiste nacer en frisco
que te rascas pensativo la melena
que calculas un placer remunerado
que te ves poco a poco generador
Para ti, que sólo tienes quince años cumplidos.
para ti que no desprecias ningún plato lindo
para ti que aún careces de prejuicios bobos
para ti lleno de infantil egoísmo del lobo
Para ti, que devoras con otras color virgen
para ti que no soportas ningún rollo horrible
para ti que en los cines de verano y costa
para ti lo mejor han seleccionado morgan
Para ti tiene razón todo un estilo
toda la locura de los locutores locos
todo el cadenaje que enmudeció a virtuosos
toda la energía de ese motor estalló
Para ti nos buscamos el paraíso
nos cocinamos melodías con su charme
nos olvidamos de los críticos seniles
nos encerramos en castillos de cartón
Para ti, que sólo tienes quince años cumplidos.
para ti que naciste en tiempos asesinos
para ti que te llevas a las nenas de calle
para ti en cuyo placer aún hay ambigüedades
Para ti que vas a caballo del fin del mundo
para ti que les das cortes como un cine mudo
para ti que comprobarás lo que otros han dicho
para ti queremos otear el paraíso
Para ti que sólo tienes quince años cumplidos
para ti que sólo tienes quince años cumplidos
para ti , para ti, para ti…” bg=”green” color=”black” opacity=”off” space=”30″ link=”no link”]
[columns_row width=”half”]
[column]“Avec ma gueule de métèque
de juif errant, de pâtre grec
et mes cheveux aux quatre vents.
Avec mes yeux tout délavés
Qui me donnent un air de rêver
Moi qui ne rêve plus souvent”
[/column]
[column]“Con mi cara de extranjero,
de judío errante, de pastor griego
y mis cabellos a los cuatro vientos.
Con mis ojos tan descoloridos
que me dan un aire soñador
a mí, que casi nunca sueño.”
[/column]
[/columns_row]
No se entendería la canción francesa sin Charles Aznavour, sin Édith Piaf, sin Francis Cabrel, sin Patrick Bruel, sin Brassens, sin Yves Montand, sin Serge Gainsbourg. Pero tampoco se entendería sin, probablemente, el mejor letrista en francés que han conocido estas últimas cinco décadas. Claro, nacer en Alejandría y vivir en la Torre de Babel no es baladí. En Egipto, Alejandría, la ciudad con la biblioteca más grande del mundo y en casa, se hablan cinco idiomas. Por todo esto sería una necedad no considerar a GeorgesMoustaki como una de las figuras más importantes de la música francesa, denostado por unos, pero glorificado por otros muchos.
De familia griega pronto consiguió trasladarse a vivir a París, donde sobrevivió mediante todo tipo de trabajos, pero para suerte nuestra, también comenzó a escribir. Y empezó a cantar. Escribió canciones que, como la mayoría de los letristas, daba a otros para que las interpretaran. Así conoció a Édith Piah, a la que escribió Milord, y con la que vivió un idilio y vio despegar su carrera como músico, letrista y cantante. Escribió la conocidísima canción Le métequè a finales de los años sesenta y con ella alcanzó ese status soñado como compositor que mantendría hasta el final de su vida. Hombre de fuertes convicciones políticas acogió en Francia a algunos represaliados españoles, y en la resistencia conoció entre otros a Paco Ibáñez, con el que mantendría una amistad y confidencialidad inquebrantables.
Con una discografía más que extensa Moustaki llevó sus canciones a más de sesenta países, con giras eternas, pero mundiales. Supo escribir canciones en diez idiomas, por eso su estancia en la Torre de Babel de algo sirvió y conoció una popularidad como pocos, alcanzando a públicos como el japonés, el brasileño o el yiddish. Por eso es un referente musical y por causas que alguien debería investigar sus canciones, hoy, no son radiables.
¿Se habrá pasado de moda aun siendo un clásico? La respuesta se la tomaremos prestada al Califa rojo, cuando dice que “es un clásico pero no es un antiguo; lo clásico es la columna dórica y jónica, que nunca perderán virtualidad. Es un clásico, lo constante, lo permanente”. Por eso Moustaki es permanente, un estadio necesario e inevitable en la evolución de la canción. Y si algo realmente era Moustaki es un hombre consecuente, con su modo de vida y sus ideas. La antípoda del hipócrita.
Llevó a su barba y pelo cano a la Côte d’Azur, que le sirvió de hogar. El bardo Moustaki siempre dijo que era un hombre mediterráneo y estableció en Niza su refugio. Se cumplen tres años de su ausencia y es saludable hacer el ejercicio de reivindicarle. A él y sus canciones.
La fórmula de esta playlist es la siguiente: 30 canciones = 1 Western + 28 canciones + 1 Neil Young
Esta playlist es un viaje, por lo tanto está hecha para ser escuchada en orden.
Estés donde estés, imagina un viaje o el desarrollo de un pensamiento.
Déjate llevar y fúndete con tus emociones. Habrá canciones que te hagan llorar y otras que te llenen de euforia. Siente el viaje.
Cada viaje es una historia. Cuéntanos la tuya en un comentario, cuando hayas terminado de escuchar la playlist.
Sigue la playlist en Spotify.
Introspección en la carretera
Éste es un viaje de redención para hacer solo. Antes que nada, quiero que te atrevas a hacer este viaje. Quiero que hagas un compromiso contigo mismo y pongas rumbo hacia la parte más oscura de tu alma, aquella que nos negamos a mirar durante la mayor parte de nuestras vidas. Es posible que veas cosas que no te gusten, pues en ocasiones el camino será largo y sobrecogedor pero te cambiará la savia. Así que quiero que subas el volumen, arranques el coche y seas sincero contigo mismo. ¡Hoy es el día de hacerlo! Te pondrás en marcha al atardecer, cuando el Sol vaya a dar su último bostezo y te ciegue los ojos en la carretera, antes de fundirse en un profundo sueño. Comenzarás siendo el cazador, pues al principio serás un cowboy sin miedo a la muerte. Pero, poco a poco, serás tú quien huya. Al llegar la noche, el cielo se llenará de sombras, de problemas y de soledad. No tengas miedo a la noche, ¡eres un cowboy! Sin embargo, cuando todos esos horizontes espinosos queden atrás, llegará el alba con los primeros piares. Se oscurecerá el cielo con la llegada de la aurora y saldrá el Sol como un abrazo repentino. Sentirás euforia con los primeros fogonazos de luz y un gran placer por estar solo con el mundo. Quizás con los últimos acordes aprendas a saborear esa soledad que tanto te atormentó durante la noche. Empezamos con nuestra primera aventura…¡ponte el cinturón y bienvenido a Introspección en la carretera!
Acabo de leer que “Lean on”, de Major Lazer junto con DJ Snake y MØ, se ha convertido en la canción más escuchada de la historia de Spotify, nada menos que con 527 millones de reproducciones. Teniendo en cuenta que la plataforma de música en streaming tiene más de 75 millones de usuarios, lo que la convierte en la actualidad en una de las medidas más fiables para saber lo que se escucha en el mundo (además de ser mi forma de vida); sería, en términos futbolísticos, algo así como ganar el Balón de Oro. Así que he pinchado en el vídeo de Youtube porque el nombre de la canción no me decía nada, aunque sí estaba seguro de haberla escuchado en algún sitio. Y…”ahhhh, esa”, me he dicho a mí mismo.
Lean on – Major Lazer & DJ Snaje (feat. MØ)
Hay gente que tendrá esta canción como mantra en su iPod pero, tras escucharla varias veces seguidas, lo que me ha hecho es empujarme a reflexionar sobre la música actual. Intentaré librarme de mis prejuicios y analizarlo con un poco de perspectiva, lo prometo. Tengo 23 años y esta canción debería de ser para mí lo que fue para alguien nacido en 1943 el (I Can’t Get No) Satisfaction, de los Rolling Stones o el “We will rock you”, de Queen, para alguien que nació en 1954…e intento imaginarme a mí mismo de anciano, recordando con mis amigos aquellos gloriosos días en los que Major Lazer ponía la banda sonora de nuestra juventud o poniendo en algún reproductor futurista (que no me aventuro a recrear) el eterno “Lean on” que tantas buenas noches nos dio; mientras nuestros nietos protestan con un: “¡qué viejo!, pon otra cosa”. ¿Será este nuestro baile de “puretas” cuando nos vean nuestros hijos en alguna boda o comunión dentro de unos cuantos años, al igual que nuestros padres parecen bailar a los Bee Gees con cada canción que escuchan en su vida?
(I Can’t Get No) Satisfaction – The Rolling Stones
Pensar esto me da un poco de vértigo, lo confieso. Entonces, las palabras de mi hipotético nieto empiezan a resonar dentro de mi cabeza con un eco digno de película y, de repente, recuerdo haber escuchado hace muy poco a una chica decir exactamente lo mismo del Gangnam Style durante la madrugada de una noche cualquiera en la que solo nos importaba el volumen de la música y el grado de alcohol de las copas. Esa canción que sí nos dio más de un momento patético pero eterno durante más de una farra el año pasado. Pero no tengo ni la más remota idea de cómo se llama su autor, así que lo “googleo”: Psy, es el genio creador de este hit y su vídeo en Youtube es el más visto de la historia de la plataforma con 2.449.639.936 reproducciones, además de haber ganado en 2014 el World Music Award a la Mejor Canción del Mundo. Pero si la ponen un año después en cualquier discoteca la gente bosteza.
Gangnam style – Psy
No tenía ni idea de todo esto y solo puedo recordar a mis amigos imitando el baile del chino con bastante más gracia y torpeza, y alguna que otra copa de más, eso sí. Por lo que creo que ésa sí será, precisamente, la imagen que perdurará en mi memoria para los restos y no el nombre del tal Psy. Además, tampoco creo haber escuchado ninguna otra canción de este hombre aparte de esta. Y es que en el mundo actual en el que la información nos llega en forma de metralleta y en el que tenemos acceso a una Biblioteca de Babel interminable en cada momento de nuestra vida, todo se oxida en cuestión de semanas. La música ya no es la obra de un artista incubada durante meses, en la mayoría de los casos, sino el producto a vender para el mayor número posible de discotecas del mundo. Los artistas tienen que adaptarse a esta nueva forma de industria y los DJ’s sacan nuevos singles cada mes, cuando la espera normal entre disco y disco siempre había sido de años. ¿Merecería la pena gastar meses en un tema cuando en cuestión de semanas va a caducar?
El arte es efímero en el 2015 y ya no da tiempo a que se creen mitos alrededor de una canción como solía ocurrir en el pasado. Escucho a mi madre hablar de los New Romantics y de la forma en la que se peinaba para salir de fiesta en los ochenta, cuando el Tainted Love de Soft Cell sonaba en todas y cada unas de las discotecas de Madrid. Todos los recopilatorios que reúnen la música de aquella época coinciden en un número concreto de canciones. ¿Cuántas harían falta para recordar la época en la que nos encontramos? ¿Existe, en realidad, una época como tal? De igual modo pienso en cómo tuvieron que ser los cincuenta en Harlem, donde un grupo de marginales tocaba una música festiva que hoy en día es consideraba de culto y se toca en grandes auditorios para la gente con el paladar más exquisito que disfruta en silencio del placer más íntimo que puede lograr la música. Cosa parecida también sucedió en los sesenta, cuando los abuelos apagaban la radio por aquel ruido del demonio llamado rock and roll, tocado por unos tales Mick Jagger o John Lennon. Por el contrario, Daft Punk era lo más en 2013 y ahora lo es Major Lazer como mañana lo será otro, y al final nada perdura con el romanticismo en que la música se hacía universal en décadas posteriores.
Tainted love – Soft Cell
No quiero con esta reflexión convertirme en el personaje de Midnight in Paris que huye de su presente para darse cuenta de que durante la época que él valoraba de Oro, también había personas que pensaban como él y consideraban banal y sin genio la cultura de sus contemporáneos. Mas no se trata solo de idealizar el pasado pero me sigue pareciendo muy llamativo el hecho de ser alguien nacido en el año 1992 que sale de fiesta por la noche a hacer palmas con la voz de Freddie Mercury arengándome de fondo. Y cada una de las veces pienso que está muerto desde antes de que yo naciera, y que nosotros seguimos cumpliendo con su amenaza de hacer un enorme ruido, al igual que lo hicieron nuestros padres y seguramente lo harán nuestros hijos. ¡Eso es una música con personalidad y con genio que sobrevive al paso del tiempo y a las edades y géneros que se crucen con ella! Hoy le ponen incluso bases electrónicas que no necesita o, a veces, sirve de introducción para el nuevo temazo del DJ de moda, pero no importa pues sigue viva. ¿Seguirá el Lean On tan vivo dentro de cuarenta años? Eso ya lo veremos cuando me convierta en abuelo Cebolleta y aunque así sea me cueste reconocerlo, pero todo apunta a que el año que viene ya no nos acordemos de ella. Y no es por cuestión de gustos o porque aborrezca este tipo de música comercial que me parece toda igual, aunque la baile como un descosido cuando salgo con mis amigos, sino porque dentro de una semana nos martirizarán con otro hit que nos lave el cerebro y nos haga olvidar cuál era esa canción que tanto cantamos la noche de Halloween de nuestro año Erasmus en la que hicimos una hora de cola y tanto nos reímos.
Hace un mes desde que Javier Krahe involuntariamente se fue a cantar por otros mundos y todavía no le han otorgado el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, siquiera el de las Artes. Tampoco le han puesto un busto de oro en plena Gran Vía madrileña ni una calle, ni han cambiado el nombre de la Plaza de España por el suyo. Pero es probable que quizá la mediocridad de un país como España nunca lo haga.
Murió en Zahara de los Atunes donde veraneaba desde hacía más de treinta años el pasado 12 de julio. Decía que era su mes de trabajo en el que se dedicaba a escribir nuevas canciones con las que engrosar un repertorio de más de ciento cincuenta publicadas en una discografía de quince discos. La muerte le encontró de imprevisto, no le avisó a sus 71 años y un infarto se llevó a uno de nuestros intelectuales, porque JavierKrahe si era algo antes de cantante-letrista era un intelectualleído, de los que reivindicaba su rechazo al alzheimer poniéndose a recordar sus cien amores.
El de la quijotesca figura como firme ácrata nunca se doblegó, ni ante el partido socialista del felipismo de mediados de los ochenta al que puso ante el espejo para que viera sus vergüenzas con Cuervo ingenuo, una de las mejores canciones satíricas que se han escrito, y que posteriormente fue censurada en una democracia que había muerto en el útero antes de nacer. Años después, en un acto de negación de la libertad de expresión fue llevado a un inquisitorio juicio por ofender los sentimientos de ciertos sectores de la ortodoxia católica y del que salió airoso subido a hombros de la gloria que solo proporciona el triunfo de la única diosa a la que nos debemos, la diosa Razón.
Sostuvo el rigor literario como único estandarte, renunció al mejor verso de su vida por una coma y a su mejor canción por ser fiel a los cánones métricos de la poesía. Porque leídas sus canciones se convierten en poemas. Además era el hombre serio que más se reía y mantuvo el humor inteligente más fino que ha conocido en las últimas décadas este país de gritos iracundos.
No escribía canción protesta. Decía que él hacía la canción y que ya protestará ella si quería. Trataba las más delirantes temáticas en sus canciones; un día se nos presentaba como un misionero enamorado de una religiosa a los que Dios guardaba cierto recelo por incumplir el sexto mandamiento, otro día era un astronauta con agorafobia. Pero era cuando una novia le dejaba cuando interpretaba su mejor papel. Y escribía sus mejores canciones. Y por eso tenía cientos de novias y todas inventadas. Menosuna.
Rodeado de tres escuderos de la talla de Javier López de Guereña a la guitarra, de Andreas Prittwitz a los instrumentos de viento y de Fernando Anguita al contrabajo rodó por todo el país de concierto en concierto para enfrentarse a un público de culto y fiel que abarrotaba las salas allá donde actuaba. Quienes sostuvimos una conversación con él sabemos que rozamos el Monte Parnaso y que estábamos frente a un gigante que no abría la boca si no era para cerrar la nuestra. Que lo que decía era para aprender, y si no lo hacías es que no lo merecías.
Con la muerte de Javier Krahe este país se ha devaluado. Y muere la inteligencia. Con él se va todo lo que uno aspiraría ser, un vago burlón que reivindicaba el derecho a la pereza y denunciaba la sacralización del trabajo. Vivir sin horario alguno y amortizado. Y se fue con L’orage (La tormenta) de su admirado GeorgesBrassens acompañándole en su nuevo viaje dejándonos muy huérfanos y muertos de risa.
No hace falta ningún premio, ningún busto de oro ni que le pongan su nombre a una calle o a una plaza. Bastaría con bautizar un colegio público con su nombre y que en él sus letras se estudiaran como se estudia la Torá.
Casa de Pablo Carbonell en Zahara de los Atunes un día antes de morir
Suyas eran dos canciones a las que llamó Gracias, tabaco y Gracias, canción. A nosotros no nos queda más que gritar Gracias, Javier. Y reivindicarle todos los días.
La vida puede durar tres horas. O, al menos, puede parecerlo. En algunos casos, los excepcionales de verdad, todas las sensaciones, recuerdos, sabores, aromas, postales, atardeceres y promesas hechas a dos voces y escritas a cuatro manos, caben en un disco. En una canción. En un estribillo. No caeremos en la reiteración, que roza el tópico, de que las (mejores y peores) vivencias caben en una canción, ni que la música esconde los suficientes secretos y trucos, honestos, para captar todos los pensamientos y sentimientos que un ser humano puede tener la capacidad de albergar. Son notas, pasos, estrofas, solos de guitarra y juegos de voces que, en algún punto, se clavaron dentro, en un lugar que tiene mucho más de alma que de cuerpo. Viajemos hasta un escenario que nos lleva a mediados de la década de los noventa, donde un niño de unos doce años, dispuesto a combatir un rato de aburrimiento de los que la infancia ofrece muy de vez en cuando, decidió acercarse al equipo musical de sus padres y bucear entre las diferentes cintas de cassette hasta encontrar una en la que podía leerse ‘The Beatles’. Ni una palabra más, ni una razón menos. Probemos. Cascos más grandes que la cabeza puestos, piernas cruzadas en el suelo y play. Y todo cambió. ‘Hey Jude, don’t make it bad, take a sad song and make it better…’¿Qué demonios era aquello? ¿Qué secreto tenía aquella voz para conseguir que todo lo demás se silenciara al instante? ¿De dónde había salido aquel ‘na,na,na’ que se había instalado en mi cabeza? Hasta aquella fecha había escuchado mucha música, especialmente en los viajes en carretera donde la banda sonora la ponían Elton John, Bee Gees, Neil Diamond y la Electric Light Orchestra, pero ESA canción era diferente a todo lo demás. Cuando sus siete minutos se fueron apagando volví a retroceder para escucharla una vez más. Pensaba que después de aquello no habría nada más. Error grave. Bendito error grave. ‘Something’, ‘Let it be’, ‘Across the universe’, ‘Get Back’, ‘Strawberry Fields Forever’, ‘Penny Lane’…Cuarenta y cinco minutos de placer absoluto que cambiaron una vida. Es imposible explicar porque los que amamos, de verdad, a los Beatles sentimos esa conexión tan fuerte pero, aquellos temas, se convirtieron en la banda sonora que ha acompañado cada uno de los momentos que he ido viviendo hasta el día de hoy.
El tiempo pasaba, los cuerpos cambiaban, las dudas se iban resolviendo al mismo tiempo que aparecían nuevas incógnitas, se sucedían la edad del pavo y la de la búsqueda interior, los exámenes y las universidades, los primeros besos y las despedidas a ras de portón. El mundo no se cansaba de girar guardándose sorpresas tras cada esquina pero ellos siempre estaban al otro lado de la melodía. John, Paul, George y Ringo. ‘Rubber Soul’, ‘Revolver’, ‘Abbey Road’, ‘A hard day’s night’, todos, absolutamente todos sus discos formaron, y lo siguen haciendo, parte de mi crecimiento personal. En las buenas y en las malas. Y una promesa, ver a uno de ellos en directo.
Viví la muerte de George Harrison como si se tratara de un familiar cercano, recordé a Lennon como si hubiera estado en alguna de las concentraciones que se produjeron tras su muerte, sonreía al ver la manera en la que Ringo se mantenía instalado en el espíritu de la década de los sesenta, algo que no ha dejado de hacer, y seguía los pasos de McCartney con devoción absoluta. Sin Lennon, no hay competición válida. Hay otros gigantes, claro, del tamaño de Dylan, Springsteen o Cohen pero, amigo, la melodía corresponde a Paul. Nadie consigue más con menos. O con aparentemente menos. Lo que para muchos son sencillas canciones de amor, trozos de azúcar con estribillos pegajosos deberían, por un lado, investigar a fondo la obra de Macca y, por otro, intentar escribir un tema así. No debería ser tan complicado si parece tan fácil, ¿no?
Continuaba cumpliendo años, sueños y pesadillas cuando se produjo la oportunidad. 23 de mayo, Londres, gira Out There. Conllevaba viaje pero la espera de aquel chaval que tiene hoy 27 años había llegado a su fin. Y aquí viene la parte en la que las palabras, como casi siempre, no conseguirán tocar los talones de una experiencia que está mucho más allá de lo musical. Cuando se apagaron las luces del maravilloso O2, Paul y su banda aparecieron en el escenario dispuestos a ofrecer una lección de energía, un derroche de entusiasmo contagioso, un arsenal de himnos que saltaron del blanco y negro al color y sobrevivieron todas las décadas a las que se enfrentaron sin despeinarse. El primero de los temas, ‘Eight days a week’, se publicó en 1964. Sacad cuentas. A partir de esos primeros compases, de esas primeras palmas que acompañaban una de esas melodías tan perfectas que parecen soñadas, McCartney apostó por pequeñas dosis de su último trabajo discográfico, ‘New’, publicado el año pasado y presente a través de la canción homónima, la trepidante ‘Save Us’ y esa pequeña obra maestra que es ‘Queenie Eye’, alguna concesión un poco fuera de lugar como ‘Hope for the future’ y delicadezas de la talla de ‘My Valentine’, para centrarse en la nostalgia. Y en lo mejor de su carrera. Palabras mayores.
Combinando clásicos absolutos marca Beatle (‘Can’t buy me love’, ‘Paperback Writer’, ‘We can work it out’, ‘Eleanor Rigby’, ‘Obladi Oblada’, ‘And i love her’o ‘Lady Madonna’) con alguno de sus grandes éxitos en solitario (‘Band on the run’, ‘Let me roll it’, ‘Maybe I’m amazed’ o una explosive ‘Live and let die’), McCartney no permitió tiempos muertos a lo largo de 180 minutos que pasaron como poco más que un suspiro entre los dientes. Y, aunque sea complicado encontrar puntos altos en un concierto instalado en el lado de la matrícula de honor, conviene detenerse en las que, con toda probabilidad, sean las mejores canciones de su cosecha. Algunas suenan completamente desnudas, voz y guitarra, silencios y lágrimas. ‘Blackbird’, ‘Yesterday’ y el homenaje al mejor amigo que se fue, ‘Here Today’, consiguieron una intimidad, una delicadeza, una emoción conmovedora. En cada quiebro, en cada giro, en cada nota acariciada explotaban mil nudos en la garganta. Lo mismo que ocurrió con el recuerdo a George a través de ‘Something’, ‘The long and winding road’ y ‘Let it be’, tres temas que atraviesan el tiempo para presentarse ante nosotros como perfectas piezas de orfebrería pop elegante, cautivador, inolvidables. También hubo lugar para las sorpresas, algunas algo erróneas (‘Temporary Secretary’) y otras recibidas como recompensas inesperadas (‘I’ve just seen a face’). Un paseo por el catálogo McCartney en el que nos encontramos con nuestro lado más infantil (‘All together now’), delirante (qué buena eres, ‘Nineteen hunder and eighty five), soñador (‘Being for the Benedit of Mr. Kite!), rockero (‘Hi, hi, hi’, ‘Back in the U.S.S.R’), heavy (¿cuántos grupos matarían por componer ‘Helter Skelter’?) e inocente (‘Another girl’, ‘Another Day’). Por tener tuvimos hasta invitado sorpresa. Dave Grohl agarró su guitarra y rejuveneció aún más a un McCartney que, a esa altura de los bises, ya confundíamos con el veinteañero que revolucionó el mundo. Ambos elevaron ‘I saw her standing there’, el tema que abría el primer LP de los Beatles, al cielo del rock and roll frenético.
El punto y final llegó, como no podía ser de otro modo, con el tridente final de ‘Abbey Road’, es decir, ‘Golden Slumbers’/’Carry that weight’/’The End’. Una mini ópera pop que comienza con una caricia, continúa convertida en un himno que se transforma en concurso de solos de batería y guitarras y concluye en abrazo. Una cima que, en directo, consigue aumentar todas las sensaciones que provoca cuando se escucha en la soledad de una habitación, en un viaje camino a la playa o en un paseo de otoño.
Y, después, está ‘Hey Jude’. Paul se acercó al piano y, de nuevo, ese consejo. ‘Hey Jude, no lo eches a perder, coge una canción triste y mejórala’. Tan simple, tan cierto, tan necesario. El 02 desapareció, Londres desapareció y nos quedamos Paul y aquel niño que descubrió la música, su música, en el salón de su casa. Los cascos ya no quedan tan grandes, las experiencias vitales se han multiplicado, pero esa canción, esa melodía, sigue provocando las mismas sensaciones que la primera vez. La misma emoción, el mismo poder de hipnosis, la misma sonrisa. La felicidad. Y, cuando termina, la ovación multiplicada por miles de personas que sienten lo mismo que yo. Nos pertenece a todos, y sin embargo, la sentimos como algo profundamente personal. Como si Paul la hubiera escrito para nosotros. Se cumplió la promesa. Siete minutos dentro de un concierto de tres horas que resumen tanto como una vida.
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