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Categoría: Viajar

La puerta de Brandenburgo
agosto 28, 2018

#ego_blog

marzo, 2018. Berlín.

La puerta de Brandenburgo me ha parecido más pequeña de lo que recordaba, cuando a los 19 años un hombre vestido de pollo me sacó un pavo por hacerse una foto conmigo. Entonces no me importó, el simple hecho de estar allí ya era una alucinación. Mi impresión es que la siento a escala reducida, como el Partenón en el British Museum, con el público apostado en el silencio de la penumbra. También me recuerda a cuando de niño usaba todo el presupuesto local para ponerla a la entrada de mi pueblo del Sim City 4 (del que yo era su Excelentísimo Alcalde). Luego tenía que bajarle el presupuesto a la Sanidad y la Educación, y así me veía a mí mismo convertido en aquello que siempre me había repugnado, cuando me oí gritar en medio de una manifestación: ¡MALDITOS MATASANOS SE QUEJAN POR VICIO! Tiempo después, el museo cambia sus exposiciones y ya no hay manifestaciones de médicos ni pollos buscavidas sino vendedores ambulantes con luciérnagas de souvenirs, así que permanezco callado con el móvil en la mano y la mano en el mentón.

Pablo Melgar,

mi álter ego #travelblogger

Brandenburg Gate – Lou Reed & Metallica

 

 

Mi vida en el hostel
marzo 3, 2017

Por norma, siempre soy el último en levantarse. Da igual que mis compañeros de habitación sean de Japón, Texas o Leipzig (como son). A las 8:50 aproximadamente salto de la cama, me pongo un chandal y una cinta en el pelo y “p’alante con dos cojones” (o eso me digo a mí mismo). Bajo los tres pisos de escalones quejicosos y dejo la llave en recepción.

Merci. Bonjour!

Entro en el comedor, saludando con un leve movimiento de cabeza al señor que pone orden aquí. Siempre hay que llevarse bien con el jefe.

Ya en la cola, cojo una bandeja y pido:

Café, s’il vous plaît.

Luego cojo dos paquetitos de mermelada: uno de fresa (están muy cotizados) y otro de melocotón. Es cierto que un día encontré un paquetito de Nutella, pero los golpes de suerte solo llegan muy de vez en cuando. Entonces, cuando dejo atrás la primera estación del recorrido, llega el turno de coger dos vasitos pequeños de zumo de naranja y un yogurt sin azúcar. Ya en la tercera fase, cojo dos trozos de queso emmental y dos rebanadas de pan tostado. Por último toca lo mejor, los tres pedazos de bizcocho y la leche caliente para el café. Ya está preparado el menú.

Cuando llega este momento vuelvo a por los cubiertos porque, a pesar de encontrarse al principio de la ruta, cuando llego estoy demasiado dormido para darme cuenta. Pero a estas horas siempre faltan cucharas, entonces pido una:

Excuse me, do you have any spoon there? –digo, mientras dibujo con los dedos algo parecido a una cuchara.

Nueve de cada diez veces, la mujer que hay recogiendo todo (porque se acercan las 9:15, la hora del cierre) me manda a la mierda. La última vez que lo hizo expresó mucha rabia y maldijo algo en francés, a la vez que hacía aspavientos con los brazos. Entonces siempre llega una mujer de color al rescate, que me trata muy bien desde aquella vez que entró en mi habitación a limpiar y me pilló en calzoncillos.

Good morning! –siempre me dice lo mismo, sabe que soy guiri.

Me da la cuchara.

Y llega el turno de desayunar. Yo solo, porque a esa hora no me apetece hablar con nadie (mi vida es ya bastante complicada como para enredarla más con una conversación en otro idioma sobre cómo desayunamos en España) y tampoco es que conozca a mucha gente que digamos. Primero me bebo los dos zumos de naranja bien fresquitos. Y después, por este orden, me zampo los trozos de bizcocho, las dos rebanadas de pan con la mermelada de melocotón, me bebo el café y, por último, echo la mermelada de fresa en el yogurt (en homenaje a nuestro viaje a Turquía) y me lo como sin remordimiento alguno. Antes de irme siempre me hago un bocadillo con el queso emmental, con la idea de tener algo que llevarme a la boca durante la mañana.

Luego subo a la habitación número 36 del tercer piso y me pego una ducha de agua caliente de unos veinte minutos. Me visto, me arreglo un poco la cara de desesperación y bajo. Ése es mi día de una hora, o por lo menos la hora en la que estoy relajado. En ese momento en el que bajo las escaleras comienza la odisea.

Appartager.com, pap.fr, seloger.com, adele.org y así sucesivamente. Sin embargo, es posible que la jornada intensiva de búsqueda de piso, de mañana o de tarde, se sustituya por una larga sucesión de transbordos y billetes de metro de 2€ fulminados en varias paradas hasta llegar a la Universidad: trayecto de unos 7€ y una hora de tren, solamente por culpa de algún papeleo importante. ¡Me cago en el Erasmus!

Después vuelvo a casa, porque parece que llevo un año aquí: línea 1 (color amarillo) ó 7 (color rosa), parada Museé du Louvre-Palais Royal, subo la rue Saint Honoré hasta el cruce del gimnasio, donde aparece por arte de magia una callecita en diagonal hacia la izquierda que me trae hasta el BVJ Louvre.

Ya solamente queda pensar en cómo sobrevivir a la cena. Comer sin gastarse mucho dinero es un intento casi imposible en este punto de París. En este maldito hostel no hay cocina y el menú no baja de los 9€, por no hablar de los restaurantes o cafeterías de la zona (donde he encontrado un restaurante español que sirve patatas bravas por el módico precio de 12€ la ración). Así que me como un triste bocadillo de algo que llaman jambon espagnol pero que yo llamaría sucedáneo de bacon asqueroso o me gasto una fortuna en una pizza del italiano de al lado que dirige un indio muy simpático que siempre me regala un montón de sobrecitos de salsa picante para mi Margarita.

Y por fin a la cama, más o menos a las 23:00, cuando enciendo el móvil, veo un capítulo o un trozo de una película, hablo con las personas que me tranquilizan por Whatsapp desde otro país y apago el móvil a las doce y pocos minutos. Otro día más sin piso.

Pablo Melgar Salas

Hotel Room – Richard Hawley

Introspección en la carretera
febrero 11, 2016

Manual de instrucciones:

  • La fórmula de esta playlist es la siguiente: 30 canciones = 1 Western + 28 canciones + 1 Neil Young
  • Esta playlist es un viaje, por lo tanto está hecha para ser escuchada en orden.
  • Estés donde estés, imagina un viaje o el desarrollo de un pensamiento.
  • Déjate llevar y fúndete con tus emociones. Habrá canciones que te hagan llorar y otras que te llenen de euforia. Siente el viaje.
  • Cada viaje es una historia. Cuéntanos la tuya en un comentario, cuando hayas terminado de escuchar la playlist.
  • Sigue la playlist en Spotify.

Introspección en la carretera

Éste es un viaje de redención para hacer solo. Antes que nada, quiero que te atrevas a hacer este viaje. Quiero que hagas un compromiso contigo mismo y pongas rumbo hacia la parte más oscura de tu alma, aquella que nos negamos a mirar durante la mayor parte de nuestras vidas. Es posible que veas cosas que no te gusten, pues en ocasiones el camino será largo y sobrecogedor pero te cambiará la savia. Así que quiero que subas el volumen, arranques el coche y seas sincero contigo mismo. ¡Hoy es el día de hacerlo! Te pondrás en marcha al atardecer, cuando el Sol vaya a dar su último bostezo y te ciegue los ojos en la carretera, antes de fundirse en un profundo sueño. Comenzarás siendo el cazador, pues al principio serás un cowboy sin miedo a la muerte. Pero, poco a poco, serás tú quien huya. Al llegar la noche, el cielo se llenará de sombras, de problemas y de soledad. No tengas miedo a la noche, ¡eres un cowboy!  Sin embargo, cuando todos esos horizontes espinosos queden atrás, llegará el alba con los primeros piares. Se oscurecerá el cielo con la llegada de la aurora y saldrá el Sol como un abrazo repentino. Sentirás euforia con los primeros fogonazos de luz y un gran placer por estar solo con el mundo. Quizás con los últimos acordes aprendas a saborear esa soledad que tanto te atormentó durante la noche. Empezamos con nuestra primera aventura…¡ponte el cinturón y bienvenido a Introspección en la carretera!

  1. The Grand Duel – Parte Prima (Luis Bacalov)

2. If I had a heart (Fever Ray)

3. Deadman’s gun (Ashtar Command)

https://www.youtube.com/watch?v=3IgSvQsKkOo

4. Fault line (Black Rebel Motorcycle Club)

https://www.youtube.com/watch?v=OQDLf8xI7BE

5. The Bottomless Hole (The Handsome Family)

6. 3 Shades of Black (Hank Williams III)

7. Martha’s Dream (Nick Cave & Warren Ellis)

8. Train song (Vashti Bunyan)

9. Fever (The Cramps)

https://www.youtube.com/watch?v=XQiQusx5VS4

10. Rocks and gravel (Steve James)

11. God’s gonna cut you down (Johnny Cash)

https://www.youtube.com/watch?v=DQTCS6aWRSc

12. Paris, Texas (Ry Cooder)

13. Buena (Morphine)

14. Set’Em Up, Joe (Chris Jones)

15. Ain’t no grave (Crooked Still)

16. Move on (Jet)

17. Just breathe (Pearl Jam)

18. Their pie (Mark Orton)

19. Hold on (Tom Waits)

20. Sunrise (Isobel Campbell & Mark Lanegan)

21. Casey’s last ride (Kris Kristofferson)

22. Truth (Alexander)

23. New slang (The Shins)

https://www.youtube.com/watch?v=pffMwC__qDs

24. Feel alright (Steve Earle)

25. Does my ring burn your finger (Buddy Miller)

26. Born to be wild (Steppenwolf)

27. The Weight – The Band

28. High cotton (Alabama)

29. First day of my life (Bright Eyes)

30. Heart of gold (Neil Young)

https://www.youtube.com/watch?v=pO8kTRv4l3o

Australia
enero 19, 2016

Para Beatriz, mi Sol de ojos azules

Querida amiga,

cuando me enfrente al punto y final,

estas palabras percutirán en la tierra,

bucearán en el magma originario

y le harán una tubería al mundo

que será, seguramente,

la única que le falte.

 

Y es que llevo un año durmiendo boca abajo

porque así apunto mis sueños

hacia una dirección concreta,

la de los australianos.

 

Pues es la única manera

de que compartamos algo

con nuestros sentidos,

más allá de lo que recordamos.

 

Así que miro hacia abajo,

con los ojos cerrados,

y pienso que tus doradas manos

de sangre cordobesa,

esas que, por estas fechas,

seguro que ya guardan un caluroso verano

bajo sus suaves dedos alargados;

estarán en la dirección de mis pestañas.

 

Conozco sus caricias y arañazos

como si tuviera un mapa,

así que las imagino acariciando,

desde un enorme acantilado,

el fino horizonte celeste y moteado

por pequeños y transparentes granos

de tiempo que se escurren siseando

por la orografía de tus palmas,

creando surcos y nuevos caminos

que ni la gravedad ni el tiempo

podrán jamás borrarlos.

 

Espero que cuando lleguen estas palabras,

te abracen como si fueran yo mismo

y lean esas pupilas azules

a las que soy adicto.

Al final, me vine a París a la caza de mis sueños. Primero busqué a Ernest Hemingway por el Café de Flore y tuve que pagar 7,80€ por un minúsculo brioche y un expreso para poder observarle desde mi mesa cómo se hinchaba a vino y ostras, mientras yo apuraba en diez sorbos lo que perfectamente dos habrían podido conseguir. Soy estudiante, así que yo también soy pobre y feliz como él en esta ciudad; aunque yo todavía no tengo ningún renglón para vender y poder pagarme unas ostras. Luego perseguí a Julio Cortázar por las entrañas doradas de París, donde guardo mi caja fuerte de historias. Cuando oscurece y las tiendas cierran, cruzo la ciudad bajo techo por sus pasajes y me dedico a observar cómo todo el mundo se dirige hacia cualquier sueño. A veces le veo manoseando los libros mohosos de cualquier librería de viejo o simplemente se deja llevar por la inercia de llegar al siguiente barrio, con esa envergadura de diablo solitario, con una mano metida en la gabardina y la otra ocupada en el humo de su cigarro. Soy una especie de grupi de cementerio, ¡no lo puedo evitar!

He vivido, durante años, aquellos rincones en los que se hizo historia con el fuego de la imaginación, hasta que un buen día vi la historia con mis propios ojos. Esta ciudad es una leyenda en sí misma y en cada baldosa que piso siempre pienso en todas las cosas que han sucedido justamente allí, antes de que mis botines la hayan profanado con su huella. Cuando cruzo la rue St. Antoine veo carretas de madera transportando a personas de otro tiempo y al llegar a la place de la Concorde les cortan la cabeza. Y entre el asombro y el hambre, acabo asistiendo al espectáculo ensimismado en un crêpe de chocolate de cualquier puestecillo. Es imposible no ceder ante ese calorcito azucarado en medio de este éter grisáceo del mes de Enero que suena a violín, y volver a ser un niño otra vez. Además, he tocado la historia con mis dedos y yo también encendí una vela y escribí un poema de Benedetti de mi puño y letra, en memoria de las víctimas de los atentados de noviembre; canté el Imagine de John Lennon a coro con una multitud de almas en la Place de la Republique y me emocioné con la afonía de una liturgia tras los disparos. No hay crêpe ni vaso de vino que me abstrajera de aquella punzada en el corazón que me dio el silencio del día después.

Pero no todo son lágrimas, muchas tardes salgo de mi casa como un sonámbulo contento y me dejo llevar por los barrios. Me compro una tartaleta de melocotón en una panadería artesanal que hay camino de Grands Boulevards y elijo siempre la calle por la que no he ido antes. Así, poco a poco, voy creándome un mapa mental de esta ciudad que no se acaba nunca. Cada barrio es una pequeña ciudad dentro de París, así que uno se tira la vida viajando por estas muñecas rusas como un borreguito en el metro. A veces uno vuelve a la realidad, cuando el aire frío de las escaleras del metro te hiela los huesos antes de salir, de nuevo a cielo abierto, y se pregunta: ¿cómo he llegado hasta aquí? No escapo a la alienación de esta vida moderna de tubos de escape y puertas automáticas.

De esta forma me dejo llevar por le Marais, donde las fachadas se visten con ropa de segunda mano. No todo lo antiguo está pasado de moda y remuevo las estanterías llenas de retales de otras vidas para añadirlos a la mía. Después salgo y entro en algún libanés para disfrutar del mejor falafel de la ciudad, mientras recorro calles de arquitectura pop con posters y grafitis en edificios centenarios. De camino al barrio latino siempre se me cruza, en algún callejón de otro tiempo, una librería donde encuentro ese cielo de papel que huele a historias inmortales. Y al llegar a Notre-Dame paseo junto a cualquier francesa de ojos azules que me guiñe un ojo. Desde la estación de Saint Michel empiezo a soñar despierto y las luces de la catedral se reflejan como pinceladas de Van Gogh en el canal de Saint Martin. Son esas luces o cualquiera de los rayos de Sol que me ciegan por la mañana los que me dicen, como una aparición divina, que es aquí donde debo estar.

Dices en tu último mensaje de voz que ya no te quiero, que igual me he olvidado de ti. Nada más lejos de la realidad. No te he contestado porque estaba de mal humor por un resfriado y por la nostalgia de tener que abandonar mi playa hasta nuevo aviso. Pero por lo demás, sigo siendo el mismo de siempre. Mi dejadez telefónica sigue latente y mis amigos siguen llamando al timbre de casa si quieren hablar conmigo. Mantengo mi pulso con las noches e hipoteco cada mañana con una hora más de cine o un relato que me hace soñar antes de tiempo. También observo el cielo cuando tengo un día malo y sonrío cada vez que me riman los versos. Por mucho que cambie la latitud de mi posición geográfica o el horizonte de mis atardeceres sigo despertándome ciertas mañanas con la sensación de haber pasado un rato contigo y con el pliego de las sábanas grabado en mi frente. Entonces escribo una poesía sobre ti para compensar ese mensaje tuyo que me enterneció el corazón y al que nunca contesté.

Es increíble cómo ha pasado todo un año de carteos cibernéticos a destiempo, al más puro estilo de un siglo que no es el nuestro. Ahora quiero viajar a Australia contigo, descorchando una botella de vino y recorriendo cada uno de los surcos que abriste en Oceanía. Quiero que me cuentes todo, si te has hecho surfera o hippie, si te gustan más las mañanas o las tardes de aquel continente o cómo es la gente que fuma en las terrazas de tu ciudad; y que me hables en inglés, por primera vez, pues elegimos fumarnos aquellas clases juntos y aprender otro idioma en el mundo, separados. Ahora que vuelves a Europa, te invito a una tartaleta de melocotón y a que seas esa mujer de ojos azules que persigue fantasmas conmigo por los alrededores de Notre Dame. Seguro que entonces el Sol se coloreará en el Sena y todos mis horizontes serán celestes, pues tengo ganas de encontrarte ya en la superficie y no en la oscuridad del subsuelo, hacia donde mis pestañas te señalan cada noche desde hace un año.

Pablo Melgar

Foto: Beatriz Muñoz

Australia – The Shins

La cara perversa de Notre Dame
octubre 27, 2015

Desde esta ventana puedo ver la parte más alta de la Catedral de Notre Dame, llena de cabezas inquietas que observan París desde su corazón. Posiblemente, la silla de madera en la que estoy sentado era el lugar donde también se sentaba a escribir Allen Ginsberg cuando se hospedaba aquí, en la librería Shakespeare and Company, a la orilla del Sena. Me lo imagino sentado en esta misma mesa, viajando a través de su genio y locura mientras veía lo mismo que estoy viendo yo ahora mismo por la ventana.

Es una sala pequeña en la segunda planta de la librería, donde se encuentra una pequeña parte de la biblioteca que dejó la antigua propietaria Sylvia Beach, antiguamente situada en el 12 de la rue de l’Odéon. También es posible que el ejemplar de Apuntes de un cazador de Turguéniev que prestó la librera a Ernest Hemingway la primera vez que entró en esta librería, estén por aquí en uno de los estantes que recubren esta habitación dedicada a la lectura. Respiran conmigo lectores de todos los rincones del mundo que hacen un alto en el camino para saborear alguna de las reliquias de este tesoro o para escribir alguna historia, al igual que yo.

Sin embargo, mientras intento pensar una bonita historia digna del lugar en el que me encuentro, solo se me vienen a la cabeza esas cabezas de allí arriba. Cabezas de turistas que lo devoran todo, cabezas que hacen cola y cabezas que matan la vida del lugar, de la misma forma en que yo lo hice en cada parque de atracciones en el que estuve. Hace apenas una hora que he visitado por primera vez Notre Dame y he esperado unos veinte minutos de cola para visitar su interior. Ya en el interior, he completado la vuelta dos veces, parándome a observar las vidrieras que me recuerdan…

Excusez-moi– me dice un hombre con una cámara al cuello para que me aparte incluso de mis pensamientos.

Como iba diciendo, esas vidrieras me recuerdan a una versión pequeña de mí mismo, impresionado por una película de dibujos animados, e inclino la cabeza para sentirme parte de la armonía perfecta de un sitio que te es familiar de la misma forma en que lo es una canción que te sabes la primera vez que la escuchas.

Y al llegar al fondo de la Catedral, al cerebro de esa parte a la que yo llamo maligna, pues cuando llega la noche resplandece con ese halo de terror que solo la arquitectura gótica consigue, en contra punto con su fachada principal que exhala tal bondad como la cara del jorobado que vive en su campanario; puedes ver dos maquetas de la Catedral: una con la forma actual del monumento tal y como la podemos ver desde fuera y otra de cómo suponemos que era cuando se empezó a construir. En esta última puedes ver a orfebres trabajando el metal, a panaderos creando el mejor perfume del mundo y a comerciantes vendiendo vino y víveres, en forma de belén navideño.

Una imagen muy diferente de la actual Place Jean-Paul II, donde ya no hay vida sino atracciones. Si en el año 2015 decides pasar la mañana en uno de los bancos de la plaza, si no eres francés escucharás tu lengua materna con la frecuencia con la que lo haces en el súper de tu pueblo y serás interpelado por cazadores de turistas que te pedirán dinero por un tour, por una botella de agua o por caridad. Mientras tú, impasible, ofreces la peor cara de tu existencia, la de tratar a un semejante como invisible aunque se arrastre de rodillas por la pobreza. Pero nada más puedes hacer.

Así que, como verán ustedes odio la superficie de esta plaza, aunque acostumbre a pasar largos ratos de mis tardes en ella, observando la cara entrañable de esta Catedral de cuento. Pero lo hago aislado de la gente, a veces gracias a una ensoñación, otras con el poder que tiene la música para elevarte en el cielo o simplemente con el silencio de unos cascos que me ayudan a imaginar a ese panadero que unos siglos atrás me habría ofrecido un colín de pan mientras escucho al Sena respirar y al martillo del orfebre crujir. Una plaza llena de vida, no llena de vidas como la de ahora.

Al terminar la visita y tras haber pagado 3€ por ver las sagradas vestimentas de Juan Pablo II, harto de la gente, huyo hacia la cara perversa de Notre Dame. Allí me he sentado en un banco de esa maravillosa Place Jean XXIII, debajo de un árbol de hojas amarillas, alrededor del cual un ejército de palomas se rifaban unas migajas de pan que algún turista con alma de jubilado les ha echado. El Sol me daba en la cara, por primera vez en muchos días, y de fondo escuchaba el arpegio de La vie en rose procedente de un guitarrista callejero sentado en el Pont de l’Archevêché.

A mi izquierda, una niña practicaba su última clase de ballet, dando vueltas como una peonza y, aunque normalmente los niños en los parques son molestos, su torpeza me generaba una enorme ternura. Justamente detrás de Anna Pávlova, dos amigos comían galletas del mismo paquete y, sin apenas hablar, se recuperaban seguramente del dolor de pies fruto de una larga jornada de turismo por la ciudad. Sus migajas atraían a todas las aves carroñeras del parque y el ejército de palomas de mi árbol se fue en busca de un pellizquito de chocolate. Ambos daban patadas al aire para espantar en vano a aquellas perseverantes criaturas con plumas.

Y si forzaba un poco la vista, un poquito nada más, más allá, toda la luz del Sol estaba concentrada en un solo banco. Ella apoyaba la cabeza en el hombro de su amante y él se dejaba hipnotizar por el sueño placentero de quien lo tiene todo. Aunque los veía de espaldas podía sentir sus confidencias entre dientes, sus plácidas sonrisas con los ojos cerrados y el calorcito compartido en sus cuellos al tocarse. En el banco de al lado, un anciano los miraba con una media sonrisa. Ese anciano de todos los parques que siempre pone el toque de vida en el lugar, convirtiéndolo en su sala de estar. Disfruto observándole existir en su banco, sin más entretenimiento que el de contemplar todo lo que sucede en este rincón de ensueño, de la misma forma en que lo ha hecho tantos días durante años y como antes que él lo hicieron otros tantos ancianos que sonreían al ver cómo dos jóvenes paseaban de la mano por la que es, sin duda, parte de su casa.

Pablo Melgar.

La vie en rose – Richard Galliano & Sylvain Luc

Rincones que no deberían estar donde están
octubre 9, 2015

Este capítulo comienza con un puñado de páginas arrancadas, una tarde gris y el Jardín de Luxemburgo. Me propuse, desde el principio, que esta libreta fuese mi compañera de pensamientos en mis paseos por París. Me la compré en Granada, en una callejuela que une el Carril del Picón y la plaza de los Lobos. Me gustaba atravesar esa calle, cuando volvía desde alguna parte hacia la plaza de la Universidad (Derecho) y meterme en esa tienda que no debería estar allí. Entraba y tocaba el papel de cada libreta que vendían, pues básicamente eso era lo que ofrecían: papel en todas sus formas y tamaños, y me imaginaba historias y dibujos que pudieran llenar sus páginas en blanco.

Porque me encantan los sitios que no deberían estar donde están. Aquellas tiendas o rincones con un conejo llamándote para que lo persigas y que aparecen, de repente, para romper la armonía de la calle por la que caminas. Granada está lleno de rincones así y puedo decir que me los conozco todos o casi todos. He recorrido esa ciudad desde todos los puntos cardinales y, como buen lobo solitario guiándose por el olfato, he descifrado sus entrañas tarde tras tarde, descubriendo un libro maravilloso en el doble fondo de un estante, olores nuevos que no conocía en alguna tienda de tés en el regazo de la Catedral o papeles en blanco que me llamaron a escribir.

De todas formas, Granada se acaba. Y no me refiero a mi estancia allí, sino a su espacio abarcable para el curioso. Así que se me acabaron los rincones que no deberían estar donde están y me vine a París. Llegué hace apenas tres semanas y parto del hecho de que soy el primero que no debería estar aquí, pues soy un español que no sabe francés, en París. “¿Qué haces aquí, entonces?”, me pregunta todo el mundo. Y me dan ganas de decirles que llegué aquí persiguiendo a un conejo y que este enorme rincón supera a la imaginación de lo maravilloso que es. Aún tengo que acostumbrarme a los inconvenientes de vivir en una gran ciudad, pues Alicia también se enfrentó a enormes dificultades en el País de las Maravillas. Sin embargo, la mayor diferencia entre ambos es que cuando llego a cualquier cruce de caminos de esta ciudad, hay cuatro conejos mirándome.

Esta villa es inabarcable y detrás de cada edificio hay un rincón que no debería estar ahí. Hace un rato, venía desde la Catedral de Notre Dame y, en dirección Saint-Germain-des-Prés, he visto una pequeña abertura en la calle con una puerta enrejada. Mi olfato me llevó hasta allí y, de repente, surgió un callejón en penumbra lleno de cafés, restaurantes y salones de té. Algunos majestuosos, modernos e imponentes y otros que parecen una reproducción a escala de una caja de muñecas, de una película o, algo mejor, de un sueño. Macetitas en la puerta y el menú escrito en el cristal de los escaparates, tapando parcialmente su interior: tres mesas apretujadas en una luz tenue, donde huele a jazz y galletas. Cuando paso por cualquier cafetería, ya sea observando su interior o simplemente a las terrazas, siempre pienso que todos los clientes son actores y que todo es parte de una representación perfecta. Después, la carta de precios me despierta de mi ensoñación y muchas veces me rasco los ojos, pues solamente en un sueño un café puede costar 5 euros.

Así, me he ido dejando caer por Saint-Germain-des-Prés, asomándome a las puertas de las librerías de lujo que rodean el Théâtre de l’Odéon; algunas con solo tres libros en una estantería de metacrilato y otras con ediciones centenarias de Julio Verne o Victor Hugo, entre tantos. Me ha dado incluso vergüenza entrar, pues soy más de manosear los libros y de rebuscar en los estantes para encontrar en ellos el próximo libro de mi vida. A pesar de ello, me ha gustado esta especie de calle Serrano de la literatura, que tampoco debería estar allí. Pues, ¿quién gasta su dinero en libros hoy en día? ¡Veo que todavía hay esperanza!

Y mis pasos me han traído hasta aquí, hasta el Jardín de Luxemburgo. Son las seis de la tarde y las nubes se están disipando. Algunos rayos de Sol se escapan entre las copas de los árboles, iluminando parcialmente sus jardines ya en otoño. La hierba, verde y suave como una almohada, está llena de hojas marchitas. La naturaleza muda su piel y yo me mudo de ciudad. Aunque es inabarcable, empezaré disfrutando de lo obvio. La variedad de colores que hay en este jardín parece una ilusión, hay flores rojas y moradas en cada barandilla y las porciones de césped tienen como corazón enormes centros florales; el cambio de estación y los palacios hacen el resto.

En el banco de al lado, un señor lee ávidamente su periódico. Va vestido de forma elegante, con una americana marrón y unos náuticos blancos, pero es su enorme bigote blanco el que tiene brillo propio. Parece llevar horas ahí sentado, respirando el verde de este jardín que no debería estar aquí, en medio de esta enormidad de tráfico, prisas y líneas de metro. Otro conejo más que retratar en esta libreta de pensamientos que ya no guarda números de teléfono y direcciones de pisos que alquilar sino que ya empieza a ser muy francesa, donde aparentemente no pasa nada y donde ocurre todo.

Pablo Melgar

https://www.youtube.com/watch?v=5SAn_EJKyUU

Jardin du Luxembourg – The Ghost of a Sabertooth Tiger

Chico lindo pero cabrón
octubre 2, 2015

-¿Y dónde dejo yo la valija ahora? ¡Malditos franceses!

Yo estaba en el vestíbulo de un pequeño hostel en las entrañas del 1er arrondisement de París, a apenas tres minutos a piel del Musée du Louvre. Desde el punto en el que me encontraba, comienza París y el resto de mi aventura. El primer distrito de París es el corazón de la ciudad y, a partir de él se enroscan los otros 19 barrios en forma de una espiral que nunca se acaba, como ya pudo comprobar Enrique Vila-Matas durante su juventud en la Ville lumière (Ciudad de la luz). Sin embargo, la vida del forastero en París también fluye como la yema de un dedo recorriendo la concha de un caracol: mareado y maravillado.

Sentado en una incómoda silla en la que llevaba anclado durante horas, luchaba contra el wi-fi, que se interponía entre mi futuro hogar y yo. En ocasiones dejaba de funcionar y lo único que me permitía hacer era conectarme al Facebook. Pero no era al único al que le ocurría, aunque hasta ese momento pensara lo contrario.

-¡Encima tampoco funciona el wi-fi!– la argentina seguía maldiciendo en voz alta, creyendo que nadie la entendía. Pero siempre, en cada rincón de este mundo, hay un español observando y riéndose de la situación.

-¿Argentina?- le dije, cuando se sentó en una mesa más allá de la mía.

-De Buenos Aires. ¿Y vos?

-Del sur de España.

-Allí me trataron rebién, en España. Estuve en Madrid y en Barcelona, y muy lindo todo. ¡Pero esta ciudad…! ¿A ti tampoco te funciona el Internet?

-No, no funciona desde hace una hora por lo menos.

-Ayer no fue en todo el día, y eso que nos cobran 2 pavos al día por usarlo- otra voz española se inmiscuía en la conversación. Como dije, en cada rincón de este mundo hay un español observando y riéndose de la situación.

-¿Español?-pregunté lo obvio.

-De Málaga-dijo, orgulloso.

-Yo vivo en Granada, ¡cerquita!-le dije.

-¿Pero eres de allí? No tienes acento.

-Bueno, es complicado…soy de un pequeño pueblo de Murcia llamado Santiago de la Ribera, en el Mar Menor, pero nací en Madrid. Digamos que soy del Mediterráneo, ¡jaja!

-Granada es genial, tengo muchos amigos allí estudiando, pero como mi Málaga…-dijo riéndose.

-A ti tampoco te va el wi-fi, ¿no?-le pregunté, acabando con las presentaciones.

-No.

Y la argentina volvió a blasfemar.

-¡Mira que nosotros somos un desastre, pero esta ciudad me hace extrañar mi tierra!

-¿Qué te ha pasado con la maleta antes?- le pregunté.

-Que el pendejo de recepción me ha dicho que esta mañana, antes de las 9 y media, me tenía que haber cambiado de habitación. Y ahora hasta las 14:30 no puedo entrar en mi nueva habitación. ¿Qué se supone que debo de hacer con mi valija?

-A mi me ha dicho que tengo que cambiarme el domingo por la mañana.

La conversación volvía a ser de dos, porque el de Málaga parecía satisfecho con su labor en el Facebook y siguió a sus cosas.

-¡Te hipnotiza esta ciudad cuando estás por la calle! Sus fachadas doradas, sus tejados negros con ventanas blancas y el Louvre, la Tour Eiffel, el Sacre-Coeur y tantos otros sitios maravillosos. ¡Pero cuando necesitas cualquier cosa te maltratan! Me decepcionó por completo esta ciudad. París es como un chico lindo pero cabrón, y estoy deseando dejarle plantado.

Escuchaba atentamente, hipnotizado con su acento, con sus dobles eles que convierten en haches andaluzas, con sus insultos llenos de humos ácido y con la música que entonan en cada una de las palabras. Entonces volvió el Internet.

-¡Creo que ya va! ¡Pruébalo!- le dije.

-¡Ay, sí, menos mal!

Y todo volvió a la normalidad, como si ninguno de nosotros hubiésemos estado durante unos minutos hablando, ya no nos necesitábamos, ya había conexión a Internet y con ella volvía el silencio en el vestíbulo, el ruido de las teclas en los ordenadores y las sonrisas mudas y privadas de las conversaciones online que cruzaban mares y continentes con las personas que allí estábamos.

Pero yo ya no tenía ganas de seguir buscando piso. Estaba harto de navegar de página en página, sin encontrar nada más que apartamentos compartidos por cuarentones que buscaban una femme con la que vivir o agujeros inmundos en la buhardilla de cualquier edificio de siete plantas sin ascensor y sin ni siquiera muebles.

Con la mayoría de los anuncios que encajaban en mi búsqueda: algo relativamente céntrico y no demasiado caro (digo “no demasiado”, porque parto de la premisa de que TODO es extremadamente caro, hasta lo barato); los dueños no cogían el teléfono o te colgaban directamente al ver que les hablabas en inglés. Tenía la certeza de que aquellos anuncios no eran más que visiones en un desierto y cada vez me veía más lejos de encontrar un hogar. Y cuando el momento del pesimismo llegaba, era mejor darse un respiro.

Me despedí de ambos y subí a la habitación número 36, donde la litera superior llevaba mi nombre, hasta las 9 y media de la mañana del domingo, claro. No había nadie en la habitación y a esa hora de la mañana aprovechaba la ausencia de mis nómadas compañeros de cuarto para disfrutar de un poco de intimidad. Abrí la ventana y respiré hondo el aire de otoño que ya olía a Sol de invierno. Desde allí podía ver los tejados oscuros de una ciudad antigua, sus fachadas doradas que convierten en monumento histórico a cada esquina de la ciudad y las ventanas blancas de madera, en las que podías ver a gente asomada: desde una mujer tendiendo una toalla en la barandilla de su balcón hasta un joven fumándose el horizonte de luz de París.

Sabía que la argentina me había dado mi primera historia en París. Lo sabía desde el momento en el que empezó a hablar. Pero también sabía que no podría escribirlo todavía, no hasta que encontrara la paciencia de un hogar. Escribir me aliviaba en aquellos días, era un lugar donde acudir ante el miedo, pero mientras siguiera de prestado, esto solo sería un diario de viaje y no el primer capítulo del relato de mi aventura.

Pablo Melgar

 

https://www.youtube.com/watch?v=Sq9oR9x171w

People are strange – The Doors

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