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Año: 2014

Bésame mucho
diciembre 17, 2014

La ciudad les pertenecía, no sabían mirarla solo con dos ojos sino con cuatro. Él todavía no había conocido apenas algún rincón de Granada, salvo el que se encontraba entre sus sábanas. Había viajado en duermevela durante toda la noche para dormir con ella. Observaba hipnotizado las luces de la carretera como a través de un cristal translúcido mientras se imaginaba la noche que le esperaba. ¿Cómo olería su habitación?, ¿cómo estarían sus ojos verdes? Hacía un mes que no la había visto y le había parecido toda una eternidad.

 

Interrumpiendo su ensimismamiento, el autobús entró en Granada y su pulso se disparó. Cada calle le acercaba más a ella, a sus brazos. Se puso en pie y un sofoco le recorrió el espinazo. Metió todo en la mochila, se colocó el abrigo y la bufanda, y esperó conteniendo la respiración mientras el autobús entraba en la Estación de Autobuses y aparcaba, de la misma forma en que los niños dejan de respirar en los túneles mientras esperan la luz del Sol.

 

Allí la vio, tras el cristal transparente por primera vez en toda la noche. Recorrió el pasillo hasta la puerta sin poder ver nada más y cayó en ella. Era una total desconocida después de tanto tiempo y el primer abrazo resultó como el primero de sus vidas.  Después se sumergieron en el olor del hogar y para ellos no había pasado más que un segundo desde la última vez que se habían visto.

 

En la calle, una neblina blanca anunciaba la ferocidad de la sierra nocturna y, sin darse cuenta, ya habían pasado la noche entera cabeza con cabeza, compartiendo sueños. A él le encantaba el olor a flor de talco que desprendía su cuello mientras dormía y ella le abrazaba como si se fuera a escapar de allí volando en mitad de la madrugada. La cama era enorme y el edredón blanco infinito, así podían dormir a pierna entrecruzada durante toda la noche. Pero como la vida es finita, las noches también lo son. Y cuando las piquetas de los gallos cavaron buscando la aurora, el despertador les abrió el sueño. Ella se fue y él se quedó toda la mañana sorbiendo el olor de sus sábanas con los labios.

 

Cuando despertó, ella le besó con las pestañas y se levantaron para conocer, por primera vez, el Sol de invierno granadino juntos. Hacía frío, como todos los días en que sale el Sol para engañarnos. Pero tenían las manos calientes. Recorrieron calle Elvira en busca de la mejor tapa y él tenía la sensación de encontrarse en un Parque de Atracciones a tan solo dos euros la caña con regalo. Después intentaron viajar en el tiempo y se dejaron llevar calle a bajo hasta caer en las redes del café Bohemia y su jazz en luz tenue (La banda sonora de mi vida: Out of nowhere). La alegría de las cinco de la tarde se revelaba en el crepitar del fuego en las risas suaves de sus clientes. Bebieron café vienés encima de un piano y se besaron con sabor a nata.

 

La morriña de la cerveza se había esfumado, o eso creían, pues llevaban drogados desde la Estación de Autobuses y no conseguían diferenciar la sobriedad de la miopía. Entonces ella le abrazó y le dijo al oído: “Me tengo que ir”. Y vivieron en ese instante para siempre, en aquel café donde siempre se les verá abrazados en una esquina con los bigotes llenos de nata y cacao.

 

Serpentearon por el empedrado irregular de las calles colindantes a la Plaza de los Lobos con las manos calentitas en medio de aquel cosmos helado. Bajaron San Juan de Dios con un pionono en la boca y llegaron a la bandera del Triunfo con pensamientos de canela.

Bésame mucho 2

Y fue allí, bajo la mirada de Cristobal Colón y no en otra parte, cuando empezó a sonar. “Bésameeee…besame muuuucho”, se miraron. Y sonrieron pensando en el oportuno acordeonista que vive en aquella esquina regalando momentos de película a aquellos que quieren besarse durante el invierno bajo los almendros en flor de aquella calle atrapada en el tiempo, donde García Lorca observa todo lo que pasa con un ejemplar de su Romancero Gitano bajo el brazo. Allí y no en otra parte fue donde se besaron como si fuera la última vez. El Albayzín aparecía a sus espaldas majestuosamente blanco, acaparando todos los rayos del Sol de la tarde. Y la Sierra Nevada coronaba la imagen, recordándonos la gallardía de sus níveos macizos que mandan en las Béticas. Y en el desasir de sus dedos se escuchó un siseo solo perceptible para ambos, entonces se sintieron solos. Lloraron una lágrima cada uno y al probar el sabor a sal de la nostalgia se marcharon cada uno en una dirección.

 

Eran felices y por eso él abrió su cartera y le dio los últimos tres euros que tenía al acordeonista de la esquina. El hombre sonrió agradecido sin dejar de pintar el aire con la voz que todo el mundo imaginaba. Él pensaba en Cesaria Évora y en aquellas noches que había pasado junto a ella escuchando aquel disco a la luz de una vela. Cuando se dio cuenta de que acababa de hipotecar su merienda sonrió, pero le dio igual, porque ya lo había vivido todo.

 

Siguió andando y se perdió sin rumbo entre las calles, buscando una excusa para gastar lo único que le quedaba en la cartera. Solo vio los segundos, minutos y horas que le separaban de volver a verla, y no eran muchos. Así que los gastó lo más rápido que pudo. Hoy, mientras recorría Granada, también sin rumbo, se acordó de aquel momento. Entonces abrió la cartera y la encontró llena de tiempo. Pensó en contener la respiración, como hacen los niños cuando atraviesan un túnel en la carretera, pero nada llegó, ni siquiera la luz del Sol.

 

Decidió irse a casa pero no quería cruzar aquella calle, pues se perdería en el tiempo. Por lo menos estaría allí el acordeonista y le regalaría un instante, aunque los almendros estén secos y el Romancero gitano mojado por la lluvia. Sin embargo, cuando llegó allí no había nadie en aquella esquina y solo cantaba el viento. Ya nadie pintaba el aire y el silencio gritaba desde la Sierra con un pequeño ruido parecido al de los vinilos al terminar, al tiempo que un relente frío le helaba sus manos resquebrajadas por el invierno. “Como si fuera esta noche la última vez…”, canturreó entre dientes. No pudo llorar y con una sonrisa de amargura se fue a merendar.

 

Pablo Melgar

 

Bésame mucho – Cesaria Evora
Some girls
diciembre 12, 2014

Pietro es un donjuán italiano que vive para acostarse con una mujer cada día y lo consigue, o eso cree él, puesto que anda por la calle con “Some girls” de fondo. Él la escucha en su cabeza mientras repasa en su mente todas las faldas que ha profanado. A ritmo de los Rolling Stones le vemos abrir el portal de su casa y caminar al son de la música, muy a lo Tony Manero. Su cabeza se contonea y una media sonrisilla de imbécil se adueña de su cara mientras se dice a sí mismo: “soy un triunfador”.

 

De vez en cuando dispara con sus dedos a alguna belleza con la que se cruza, guiñando un ojo y creando un sentimiento de repugnancia en la joven. Pero Pietro no se desmotiva, es más, se lo toma como una victoria. Y canturrea, mientras masca chicle: “Some girls I give all my bread to, I don’t ever want it back”.

 

Bajo esa facha de “moderno pasado de moda” vive el Pietro albañil, que fosiliza en la obra unas diez horas al día. Él está contento con su trabajo, pues tonifica sus músculos y le hace mantener la talla M de sus camisas. Sus compañeros de trabajo son hombres de poco mundo, al igual que él, y se creen todas los chismorreos que Pietro les cuenta acerca de su vida sexual. En realidad él mismo se las cree también y se regocija en su rol de semental.

 

En cuanto sale de la obra se acerca a la peluquería de su primo Martino “el mariquita”. A él mismo le encanta ese sobrenombre y a cada cliente lo aborda diciéndole: “¿Te cuento un chiste de mariquitas?”. Es un personaje muy querido, sobre todo por Pietro, que tiene tarifa plana para ducharse y hacerse un chequeo de su pelo y piel, absolutamente todos los días.

 

-“Cariño, tienes que usar protector solar si no quieres echar a perder todo el trabajo que he hecho en esta piel”-dice Martino.

 

-“Tienes razón, Martino. Pero es imposible no quemarse después de estar cargando ladrillos desde las siete de la mañana”-responde Pietro.

 

-“¡Qué perra me ponen los albañiles!”-exclama Martino, desaforado.

 

-“¿Qué es lo que te pone perra, Martino?”-pregunta una voz grave como la noche desde la oficina. Es Abelardo, el novio de Martino. Un animal de dos por dos metros. Sus músculos parecen hervir dentro de su piel y estar a punto de explotar. La camiseta de tirantes blanca que usa es talla XXL y parece una S sobre el torso de un oso.

 

-“¡No te preocupes, cariño! ¡Este es el único culazo que me la pone tiesa!”-grita Martino, con la mayor excentricidad que puede.

 

-“¡Te he dicho mil veces que no me metas mano en público, Martino! ¿Qué imagen quieres dar a los clientes?”-responde cabreado Abelardo.

 

-“Si solo estamos Pietro, Angélica y nosotros dos. Y a Angélica no le importa, ¿verdad, mi amor?”-argumenta Martino.

 

-“Por mí no os cortéis…sois jóvenes y guapos, ¡tenéis que aprovechar!”-responde Angélica entre una sonrisilla, una mujer de unos setenta años, sin quitar ojo a los músculos de Abelardo.

 

-“¿Has visto, Abi? A Angélica no le importa y Pietro está curado de espanto, ¿verdad, Pietro?”-dice Martino.

 

-“Ni me había enterado…”-responde Pietro, haciéndose el interesante. Ensimismado en mirar el espejo.

 

-“¡Te lo vuelvo a repetir, Martino! ¡Como me vuelvas a llamar Abi…!”-exclama cabreado Abelardo.

 

-“¡Qué cachonda me pones cuando te cabreas!”-dice Martino, mientras da los últimos retoques a las puntas del pelo rizado de Pietro-“¡Ya estás! ¡Anda lárgate,

maricón!”

 

Pablo Melgar

 

Some girls – The Rolling Stones
 

 

Por debajo de la puerta
noviembre 29, 2014

“Dispuesto a todo, incluso a defraudarte,

alérgico al deporte y al reloj

con un precoz talento para el arte

de la eyaculación” (Joaquín Sabina)

 

Jovenzuelo, en edad de crecer

pelo engominado, principio de Lobezno,

con mente de artista

y un futuro incierto.

 

Entusiasta, inocente y fortachón

bastante más diestro en el arte de soñar

que como hombre de acción,

con tableta de chocolate

y un inexplicable escueto palmarés

de amores en el equipaje.

 

Solicita con fines poco serios

una sonrisa que despierte sus adentros

y unos labios de amapola

que le levanten la…

 

Las cartas a Parra Alta de Cartuja,

si vencen a las dudas

no duden en subir la cuesta

y darme un beso

por la mirilla de mi puerta.

 

Precisamente por debajo de la puerta

irá la mía, a no ser que

sea aburrida o un poco tuerta,

con barba de tres semanas y poca fama de macho,

aunque pocos saben, como le diría…

mi parecido con un tal Nacho.

 

Se aceptan ingenuas sin trasfondo,

locas de desatar los cinturones

y “pesimistas hartas de estar

hartas de decirme que nones”.

 

Igual me da mujer ninfómana

que para un paseo por la Alhambra,

si no ve Gran Hermano

o pertenece a la hueshte de Mariano.

 

Dispuesto a todo, incluso a enamorarte,

con un precoz talento

en hacerlo sin inmutarme,

cada vez que no lo intento.

 

Los whatsapp al móvil del reverso,

ese que empieza por un seis

y acaba con un beso,

¡o con un cero!,

con dos fotografías

una del alma y otra de la sonrisa.

 

Si acabo con el miedo o eres mi francesita,

por debajo de la puerta irá la mía

donde, tímido y despistado,

según mi abuela soy bastante guapo.

 

Anímense niñas del Opus,

absténgase de esperar hasta el matrimonio,

la pasión con cruces

no me pone nada cachondo.

 

Podrán correr libres por la pradera,

ponerse minifalda por las noches

y tener muchos amigotes,

¡a no ser que me toquen mucho los cojones!

 

“A las interesadas aseguro máxima

indiscreción, ninguna prisa,

buena conversación, besos con risas

y noches sin futuro”.

 

Cartas al Paseo de los Tristes

a nombre del poeta

de las boinas grises

al que le gusta la cerveza.

 

Adjunte un par de fotos

del bikini del último verano,

por debajo de la puerta irá la mía

“en pose de poeta parnasiano”

y un parecido poco intelectual

con un tal Nacho Vidal.

 

Pablo Melgar

 

“A vuelta de correo irá la mía,

con traje gris y más chulo que un ocho

porque la tengo, como le diría…

más larga que Pinocho”.

 

 

A vuelta de correo – Joaquín Sabina
Literatura de barrio
noviembre 8, 2014

En un mediodía de pereza y hambruna, me debatía entre las prioridades del momento. “¿Qué puede más?”, me preguntaba. Hacer la comida, ensuciar, freír, lavar y, sobre todo, comer. Quedarme embrujado entre el pelaje de mi manta roja, lleno de calorcito, relajación y, sobre todo, haciendo nada (¡qué placer más personal!). Así que decidí satisfacer mis necesidades de una forma en la que sufrieran ambas lo menos posible en su realización: ¡comida preparada!, el asadero de pollos de la esquina.

Me enfundé un jersey y unos vaqueros sobre el pijama, una bufanda gorda y una boina gris. Y salí a la calle a respirar el éter helado de ese mediodía. Había llegado el invierno esa misma mañana, como una bofetada inesperada que te marca la nariz de un resplandor rojo. Remonté la cuesta de mi calle y me integré en el siguiente escalón con civilización andante. Entré y saludé al dueño, mientras me calentaba con el aliento que desprenden las patatas al freírse.

-¡Hola, jefe!- saludé.

-¿Qué tal?, ya hemos cambiado de uniforme, ¿eh?.

Entonces recordé haber ido hace apenas una semana en las mismas circunstancias de hambruna perezosa, pero en pantalón corto.

-¡No veas qué mal lo he pasado esta mañana!- exclamé, helado- yo que vengo de Murcia, ¡qué mal lo paso el primer mes de invierno!

-¡Uuuuh…!, ¿es tu primer año?

-No, el segundo, pero nunca se acostumbra uno a Noviembre.

-Pues el año pasado no hizo frío de verdad. Recuerdo hace tres años, que yo hacía churros por las mañanas, ¿sabes? Y llegó el invierno en uno de esos días en los que no gusta madrugar. ¡Nevó en Granada, nevó en el centro! Fue una locura ese día…

-Cierto, yo nunca he visto nevar en el centro…

-Fue uno de esos días en los que a uno le gusta tener a alguien que le caliente, ¿verdad?

Reí, recordando la soledad de mi almohada.

-En los últimos diez años de mi vida solo he estado lejos de mi mujer durante diez días. Ella se fue a ver a su hermana, ¿sabes?, y los primeros días fue una gozada “estar de Rodríguez”, macho. Porque las mujeres la mayoría del tiempo nos sacan de quicio. Que si mandado, que si pidiendo, que si quejándose…y más yo que la tengo aquí en la cocina todo el día. Así que aproveché para irme de cervezas con los colegas, sin hora, sin preocupaciones…pero cuando llegaba a casa, macho, ¡cómo la echaba de menos cuando llegaba a casa! No sabía qué hacer sin ella…¡y en esa cama tan grande para mí solo! Con todo lo que me cabrea todos los días y lo que aprendí a valorarla. Desde entonces no me separo de ella. Bueno…¡aquí tienes!, son 4 euros- terminó con una normalidad de otro mundo, tras haberme entregado y firmado uno de los sentimientos más sinceros y pasionales de su vida.

-¡No podemos vivir sin ellas, jefe! Muchas gracias- dije, sin agradecerle solo por la comida.

“Este es uno de esos momentos entrañables de la vida”, me fui pensando. Entonces recordé lo frías que están las sábanas últimamente y en el aura melancólica que me acompaña en estos días de invierno en los que su presencia es más palpable que nunca, ¡y más transparente! “¡Ayyyyy!”, suspiraba…hasta que abrí aquellas patatas fritas y el pollo empanado, y guardé esos pensamientos en el cajón de las cosas que merecen ser recordadas y me convertí en animal. ¡Ñam!

 

A la mañana siguiente no aplacó el frío y la bofetada se convirtió en un puñetazo que me volvió a colorear la nariz de un rojo infierno. Subí la cuesta de la facultad luchando contra la gravedad y llegué a clase con la sensación de haber tenido que matar un león para llegar hasta allí. Y comenzó la clase…

 

-Ya en el siglo I a. C., Catulo hablaba del amor en estos términos: “Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris. Nescio, sed fieri sentio et excrucior” (Odio y amo. Quizás te preguntes por qué hago esto. No lo sé, pero siento que así ocurre y me torturo). Una idea tan viva en la literatura contemporánea que pone de manifiesto la importancia de la tradición clásica en todo lo que ha venido después. ¡La tradición clásica está más viva que nunca!- sentenció.

 

Y aquello me hizo recordar al “jefe” del asadero de pollo y a ese amor que le profesa a su mujer, aunque le sacara de quicio cada día del año.

 

-¿Qué es la literatura?- seguía la clase…

 

“Buena pregunta”, pensé. “¿Hay literatura en los sentimientos del “jefe”?”, pensé también. “En un principio no”…a pesar de su ternura y sinceridad, y de que carezca de estilo narrativo y no tenga el oficio o la costumbre de eso que llamamos escribir. “¿Pero por qué no?”, me parecían tan entrañables los sentimientos que repartía junto a sus pollos asados, que me sentí en deuda con él por habérmelos regalado. Así que decidí, con toda la humildad de un aprendiz, convertirlos en literatura. Y, ¿qué es la literatura? Qué se yo…si yo lo único que hago es compartir lo que siento, tal y como ese hombre de barrio hace cada vez que habla como si te conociese desde siempre mientras te vende un pollo.

 

Pablo Melgar

 

Si toi aussi tu m’abandonnes – Alain Romans

 

Boyhood
noviembre 3, 2014

Ya de niño prefería mirar las nubes más que nada en el mundo y no entendía eso de que una vez que había hecho los deberes los tuviera que entregar, si él ya había aprendido la lección. Y es que Mason ya era un niño sensible a los 6 años cuando lo vemos por primera vez sentir mirando al cielo, en uno de esos momentos en los que el tiempo se para y uno piensa lo maravillosa que es la vida aunque no entienda cómo ha llegado hasta aquí.

Pero como cualquier otro niño, también le gusta ver Dragon Ball, jugar a la videoconsola, encontrar magia en su jardín y montar en bicicleta. ¿No os sentís identificados? Yo mucho. Además le vemos crecer, y no solamente al Mason personaje como ente de ficción sino al propio actor, pues la película está rodada en 39 días diferentes repartidos en…¡12 años!. El realismo que logra Richard Linklater (Antes del amanecer) al contarnos los diferentes momentos que resumen una infancia es algo inédito, pues todos los personajes envejecen DE FORMA REAL en cada minuto del metraje.

Vemos cómo ese padre primerizo y asustado que en los primeros años de su paternidad se ausenta durante un año y medio para encontrarse a sí mismo, pues necesita un tiempo para buscar respuestas. Empresa complicada eso de encontrarse a uno mismo y, sobre todo, cuando te resistes a ser presa de los convencionalismos y a pasar de ser un veinteañero alocado a un padre de familia ejemplar, aunque eso signifique empujar a tus hijos a soportar a las parejas que tu mujer, presa de la soledad y el miedo, elija.

 

Algo que no logra en un tiempo el personaje de un Ethan Hawke espléndido, al que también se le curte la tez desde la primera vez que le vemos en su deportivo sin saber cómo ser un buen padre. Pero no solo se le curte la tez sino también los buenos consejos, pues será para Mason ese gran confidente y amigo que son los buenos padres. Ese tipo de padre que no gasta una gran cantidad de dinero en regalos pero que en tu cumpleaños elabora él mismo un recopilatorio de canciones que le ha costado horas juntar solo para que sientas lo mismo que siente él al escucharlas. Ese tipo de padre que te conoce mejor por dentro que por fuera.

Padre: (Después de que Mason falla lanzamiento en

bolos) No te preocupes por eso.

Mason (Niño): Creo que debería usar las barreras.

Padre: No quieres usar las barreras. La vida no te

da barreras.

 

El personaje de Patricia Arquette es más frío y pragmático, no porque lo haya elegido sino porque le tocó ser la luchadora, la que saca los dientes y le dice a su familia: “no miréis atrás”, tras un traspiés. Es la que les cuida y les protege aunque al principio no lo consiga. Y es que…¿quién nace enseñado en eso de ser madre?, sobre todo si eres una madre soltera. Pero no dejará de pelear para que a sus dos niños no les falte de nada, aunque no siempre tome las decisiones más acertadas. Cada año su rostro es más serio, aunque sufra ese dolor invisible que llevan las madres dentro para protegernos y que explota el día en que sus niños se van de casa, pues no pueden controlarlo, por primera vez.

 

Me emociona recordar la película, y suelto alguna lagrimilla que otra al asimilarla porque es una de esas que te ayudan a crecer. No es una colección de momentos, como de su nombre en español podría deducirse. Es el paso del tiempo hecho cine, muy parecido a lo que hizo A dos metros bajo tierra en la televisión. Hace no mucho que pasaba las tardes toqueteando mi Gameboy Color, como Mason. Y sin darme cuenta ya me habían salido espinillas en la cara y me bebía mi primera cerveza de forma furtiva, convertido en un adolescente autista. Pero hace menos todavía que le guiñé el ojo, lleno de miedo, a aquella primera chica que tuvo la sonrisa y la mente adecuada para este niño raro. Y todavía recibo consejos de algún tutor que me dice que haga los deberes, puesto que del arte es muy complicado vivir, aunque sea lo que más vivo te haga sentir.

 

Lo que no he conseguido todavía, al igual que Mason, y es algo que nos sucede a aquellos que hemos regado la faceta artística de nuestra mente, es encontrarme a mí mismo; y no creo que llegue a hacerlo nunca, aunque vaya aceptando roles en la vida, como le sucede a su padre. En uno de esos momentos de duda en los que Mason le pregunta a su padre: “¿y qué sentido tiene todo?”. Él le contesta: “¿yo qué carajo se?, lo que importa es lo que sientas, Mason”. Entonces él le mira decepcionado al encontrar una respuesta difusa. Ahora el que necesita un tiempo es él, como años atrás lo había necesitado su padre.

 

Pero cuando se sube en la camioneta y se dirige hacia esa carretera sin horizonte claro que es su futuro, todos comprendemos la respuesta. Entonces nos metemos en su cuerpo, sufriendo el vértigo de la vida, su tacto, su olor…es en esos momentos en los que sentimos la vida, aunque no entendamos cómo hemos llegado hasta ahí, pensando que ojalá pudiéramos guardar ese instante en una fotografía, en un texto, en una caja…con todo lo que nos queda todavía por sentir.

 

Pablo Melgar

 

Hero – Family of the Year
 
 

Título original: Boyhood

 

Año: 2014

 

Duración: 165 min.

 

Director: Richard Linklater (Antes del amanecer)

 

Guión: Richard Linklater

 

Música: Varios

 

Fotografía: Lee Daniel, Shane Kelly

 

Reparto: Ethan Coltrane, Patricia Arquette, Ethan Hawke, Lorelei Linklater, Jordan Howard, Tamara Jolaine, Zoe Graham, Tyler Strother, Evie Thompson, Tess Allen, Megan Devine, Fernando Lara, Elijah Smith, Steven Chester Prince, Bonnie Cross, Libby Villari, Marco Perella, Jamie Howard, Andrew Villarreal, Shane Graham, Ryan Power, Sharee Fowler

 

Productora: IFC

 

Género: Drama. Infancia. Adolescencia. Familia. Cine independiente USA

 

Nota: 10 Excelente

 

Nota filmaffinity: 7,8

 

Nota IMDb: 8,6

Desayuno en el Romea
octubre 26, 2014

Mientras hacía crujir el salero sobre mi tostada de aceite y tomate, disfrutaba de una de las primeras mañanas del verano de mayo en Murcia. La plaza del Romea inspira a cualquiera y por eso las terrazas suelen estar concurridas a estas horas de la mañana. A la vez que se moja mi bigote con la espuma del café con leche oigo las vidas rechinar a cuestas de los transeúntes que cruzan la plaza camino de algún sitio o que simplemente disfrutan del desayuno igual que yo. Las mujeres guapas son mas guapas caminando por este suelo empedrado y estos arboles frondosos de fondo. Entonces pienso: “echaré de menos este lugar algún día”.

A mi espalda, unas mujeres de adentrada edad lucen su exposición de joyas adquiridas en las vitrinas de El Corte Inglés sobre sus carnes. Chismorrean sobre una lujosa boda reciente, demasiado ostentosa para su gusto. Paradójico. Se huele la envidia y la insatisfacción que produce la comodidad del dinero en sus comentarios, que más que comentarios parecen cuchillos, así que su conversación se difumina en ruido…

Me gusta observar los balcones que dan a la plaza. Siempre pienso: “allí vive alguien muy afortunado que se levanta todas las mañanas con esta luz”. Son sacados de un cuento y hacen de las vidas que alojan unas vidas más interesantes de lo que realmente serán puesto que incitan a fantasear con personajes de película en sus adentros. Ningún rostro bonito se asoma como en la gran pantalla y uno se lamenta de lo poco que aprovechamos los sitios hermosos, podríamos rodar cada día escenas perennes de películas francesas.

Los abuelos son los que más observan detenidamente lo que ocurre a su alrededor, o mejor dicho quién concurre alrededor. Debido a su difícil andar se ven obligados a frenar su marcha cada pocos segundos. Pausa que aprovechan para hacer un repaso, sin vergüenza alguna, a las gentes que ven. Fruncen el ceño con gesto de desaprobación y siguen su marcha hacia ningún lugar.

Los currantes son un porcentaje alto de la población de la Plaza del Romea. Siempre hay alguna obra, algún arreglo o simplemente labores de mantenimiento de este lugar mágico del centro de la ciudad. Otros arrastran barriles de cerveza a los restaurantes que dan vida y comida a sus visitantes. Caminan deprisa, ahogados en su trabajo, y en sus sudores. A veces arrastran cajas, pintan alguna pared deteriorada o…trituran tímpanos y ensoñaciones con la perforadora. Un ruido menos molesto, el del metal quebrándose y el taladro triturándolo.

Luego me fijo en las palomas que, acompasadas, revisan los alrededores de las mesas en busca de alguna migaja que llevarse a la boca. Son más inteligentes que nosotros en el arte de la supervivencia. No tienen ninguna vergüenza y solo les falta empujarte para que les dejes probar el sabor del pan con el aceite. Deben de tener una enorme fuerza en el cuello puesto que tienes más flow que ningún rapero.

Y por ahí viene Niina, la finlandesa, con su hilo rubio en la cabellera y su mirada del norte. Se sienta a mi lado y pide media tostada con tomate y un café con leche al camarero. Yo cierro mi libreta y me río. El Mediterráneo le ha coloreado la cara lunar que trajo hace unos meses, y el Sol de la mañana se refleja en su sonrisa de satisfacción y le tuesta el pelo de unos tonos color bronce que hacen juego con sus gafas. Está contenta de estar aquí conmigo y yo también lo estoy. Mientras come, yo respiro en silencio el aire de la buena vida y disfruto de la primera mañana del verano. Cuando termina me dice: “¿vamos a casa?” Yo le sonrío y pienso: “la echare de menos cuando se vaya”. Y nos fuimos al que siempre será nuestro hogar.

Pablo Melgar

 
 Nuages – Django Reinhardt
 

 

Locos y poetas
octubre 21, 2014

Me encuentro entre cuatro paredes negras, lleno de un sosiego inquietante, encerrado por no saber qué decir. Tengo al Juez Vocación en mi contra, conoce a todos los locos y poetas de la ciudad y es consciente de la llamada de la necesidad que encuentran en las letras para seguir viviendo, y no haber escrito ni una sola palabra en tanto tiempo…Me colgarán por ello, me abandonarán aquellos miembros del Jurado que hayan intentado saber de mí y solo hayan encontrado silencio. Se merecen una explicación, por lo que prefiero morir como un hombre honesto a traicionarme a mí mismo. Escribiré por última vez antes de que llegue la hora y las campanas pregonen mi ascenso al cadalso. He aquí mi confesión:

Decía Ernest Hemingway que para escribir sobre París tenía que irse lejos de allí, a los Alpes suizos donde la echaba tanto de menos que podía recordar cada uno de los hilos de luz que escapan de ese cielo gris lleno de nubes que cubre la ciudad los días de lluvia y tiñen sus tejados de color dorado.

Siento no poder llenar estas páginas mías de palabras que hagan justicia a lo que siento, pues es difícil escribir de amor cuando estás sangrando y me es difícil viajar a Suiza para escribir. Así que tendré que buscar alguna cordillera nevada más cercana para mirarme desde la distancia y poder comprenderme.

¿Escribiría Miguel Hernández cubriendo las páginas de lágrimas de cebolla o lo haría desde la distancia? ¿Huiría de las celdas a lomos de su alma y miraría desde lo alto de una loma para conocer la textura de aquella tormenta de rayos que le perseguía de manera incesante? Me gustaría preguntárselo, y lo haré si me lo cruzo algún día por los sueños o por el infierno de los rojos y ateos.

También podría preguntarle a Goya, que encontró la inspiración en los senos de aquella Maja desnuda que le haría inmortal. ¿Pintaría los rasgos básicos y guardaría en su mente los importantes para una noche en vela que le brindara ese arrebato artístico que los antiguos achacaban a los Dioses, necesario para plasmar la verdadera naturaleza de su mirada? “¿Es posible pintar con sangre fresca?”, le diría. Me gustaría preguntárselo y lo haré si me lo cruzo bajo la mirada de otro cuerpo, reencarnado en algún pobre infeliz que no entiende el porqué de su inteligencia.

Busco palabras y, sobre todo, respuestas, pues en eso consiste el arte, en expresar esa parte de ti que sólo existe en tu mente y que a veces es indescifrable incluso para uno mismo. ¿A vosotros os pasa, lectores, que sentís al leer algo porque os veis desde fuera reflejados en otra persona que sangra de la misma forma en que lo hicisteis alguna vez?

A mi no me duele la herida, soy insensible a las espadas y cuando me vencen no siento nada. Pero pienso en el invierno y en cuando llegue y me duelan las musas que me están cortando. Me duele esa certidumbre de aquellos momentos en los que la verdad duele sin lágrimas, pues es más real que nunca. Yo solo sangro mirándome las cicatrices, escudriñando los restos de sable que hay en mi carne ajada y echando de menos mis órganos amputados.

Cuando el invierno llegue espero estar en una cabaña de los Alpes suizos escribiendo para no morir. Pero el invierno no ha llegado todavía así que busco asesoramiento en los más grandes, como haría la hormiga preparándose para el frío, que aunque no están ya entre nosotros siempre tienen el mejor consejo que darme, o por lo menos algún tema para escribir que me salve la vida.

Pablo Melgar

 

Locos y poetas (Por Landó) – Jorge Pardo, Ernesto Hermoza, Juan Medrano Cotito

Francesita en Granada
septiembre 28, 2014

Francesita de hombros calientes y orejas descubiertas

deja ya de andar por el Paseo de los Tristes

en busca de una pena.

 

Lo tuyo es la calle Mesones bajo tus pestañas negras

mientras te pintas los labios de color rojo

y te brillan las pecas.

 

Francesita, deja de recorrer Granada entera

persiguiéndome con tacones

por todas las aceras.

 

No te puedo no ver en la barra del Chantarela

comiendo carne en salsa con las manos

y dándole un sorbito a tu caña de cerveza.

 

Francesita, eres como la última tentación de la cena:

“una y no más”, decías siempre

cogiendo otra galleta.

 

¿A quién le regalo yo ahora mi libro de recetas?,

si sigo sirviendo dos platos

antes de cada cena.

 

Francesita, devuélveme Granada entera

que la quieres sola para ti,

guardada en tu maleta.

 

Estás como una regadera

que me riega la vida

y me seca la palmera.

 

Francesita, deja a los pintores tocar madera

y píntame los labios

del color de una hoguera.

 

Acuéstate conmigo sobre la hierba

y deja de llorar esmeralda,

que se te ponen los ojos rojos y tu sonrisa se desaprovecha…

 

Francesita, devuélveme Granada entera,

no te la quedes para ti

y sácala de la maleta.

 

Pablo Melgar

 

“Querer lo que te hace daño, tío, ¿sabes? De esto que…que no puedes evitarlo, pero dices…pero no puedo, pero necesito…necesito una vez más”. (Leiva)

https://www.youtube.com/watch?v=-1qEWdpNWc8

 
 Francesita – Leiva
 
 

 

Los días siguientes a que tú te vayas
agosto 23, 2014

Los susurros de tus labios humedecidos

en los calores de nuestras sábanas mojadas

serán los escalofríos que más triste me hagan

los días siguientes a que tú te vayas.

 

No podré vivir nunca más en una cama

y buscaré soluciones entre las piedras.

Correrán las hormigas por mis ojos

preguntándose el por qué de mi mirada extraviada.

 

Y volveré al llanto fácil y a las sábanas mojadas

de cuando vivía en la infancia caprichosa.

Volveré al tirón de mangas,

para pedirme a gritos que no te vayas.

 

Los susurros de tus labios humedecidos

en los calores de nuestras sábanas mojadas

serán los escalofríos que más triste me hagan

los días siguientes a que tú te vayas.

 

Pero tú más caprichosa serás siempre

y volverás a decir todas aquellas palabras que alguna vez dijiste.

Y me río de la esquizofrenia,

Mientras me robas la mente.

 

Y nadaré entre gusanos buscando la muerte,

sin nicho y sin réquiem,

de día de luto y llanto,

pues no he sido digno de quererte.

 

Los susurros de tus labios humedecidos

en los calores de nuestras sábanas mojadas

serán los escalofríos que más triste me hagan

los días siguientes a que tú te vayas.

 

El silencio de la tarde será tan fúnebre

como cuando no había nacido.

En una puerta vacía de manos

y ojos verdes como puzles.

 

Y rogaré en tu puerta que me perdones,

gritaré y magullaré por mi mala suerte.

Buscaré entre las piedras

algo que lo solucione.

 

Los susurros de tus labios humedecidos

en los calores de nuestras sábanas mojadas

serán los escalofríos que más triste me hagan

los días siguientes a que tú te vayas.

 

Entonces tú te acercas

y me tocas la cara,

yo abro los ojos

en ti.

 

Y no se dónde estoy

ni cuánto me amas.

Todavía no se que era un mal sueño

de los días siguientes a que tú te vayas.

 

Pablo Melgar

 

 Where did you sleep last night – Nirvana

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