Ahora que lo pienso, París no era de ellos. Era solo mía, mi París. La de ellos: parisinos irascibles, transeúntes con pasaporte en mano, vagabundos mojados y gente del mundo; era otra ciudad, otra París la de ellos. Con su prisa no podían ver que el otoño se desparramaba como el zumo de naranja de un vaso roto por el suelo. Y por eso solo me la bebía yo.

Mi París sonaba al acordeón de Richard Galliano. Las flores eran de ellos, para mí las hojas secas. El otoño cantaba a Edith Piaf sous le ciel de Paris. Las viejas canciones viviendo en el aire gélido de una mañana cualquiera de noviembre y veo tus labios en cualquier parte. Porque, amor, sobre todo te echo de menos cuando las hojas del otoño caen de sus esqueletos negros, al igual que aquella mañana en el Tiergarten de nuestro Berlín, como almas moribundas que alzan sus brazos hacia el cielo en busca de clemencia. ¡Una primavera para ellos! Pero no, no es la ciudad de ellos. Es la mía, mi París.

Camino por el Jardín de las Tullerías echando fotos allá donde se esconde una palabra, donde se esconden los muertos, donde te escondes tú. En mis cascos, una obra retorcida de la música. En la esquina, una muchacha tiene ganas de gritar. Su acordeonista se fue a la guerra y ella baila al son de la música para olvidar. En mi París, su hombre se fue a la guerra y no lo volverá a ver jamás. Al fondo un estanque, una familia de patos viven en un zoo pintado con un cielo de nubes grises. Esta mañana caminé durante una hora para recolectar alveolos en el pulmón de París y aquí estoy.

En la de ellos suenan los flashes y se esfuma su capacidad para recordar. Un japonés me incluye en su postal, sin quererlo. Para él solo soy parte del paisaje, pues nuestras miradas no consiguen encontrarse. Estoy registrado y me quedo allí solo, sacándome una flecha del estómago. Mi foto viajará a través de los continentes y una versión de mí mismo pasará la eternidad en una tarjeta de memoria olvidada en un cajón de una ciudad cualquiera de Japón. Allí aguardará durante décadas ser descubierto. Entre una lista de los otros puntos turísticos de su París, sufrirá un infierno que solo acabará cuando un descendiente la borre para ocupar su propio espacio.

Tengo una Revolución dentro de mí y es la una y veinte de la tarde. Me quito los cascos y siento el rumor del aire que suena como un tumulto que canta la Marsellesa. Cierro los ojos y robo las cámaras de la gente y la mía propia, para tirarlas al estanque y cambiarlas por bayonetas. Somos el pueblo, por un instante. La masa victoriosa con un propósito mayor que el de registrar. Registrar y devorar. Registrar y consumir. Registrar y compartir, pero en las redes sociales.

Los héroes de ahora huelen bien, se planchan el pelo, se perfuman y visten todos igual. La masa te arrolla porque tiene prisa para llegar a cualquier lugar. El sonido de las bocinas te distrae y los codos mojados se te clavan en las costillas como manifestación culminante de las teorías de Darwin. No hay lugar para la ensoñación. Más allá de la ruota panoramica, en los Campos Elíseos, una horda de zombis se deja hipnotizar por un viaje epiléptico de pantallas publicitarias, por la fama mundial de unos logotipos con mucho carisma y por la balada de un sistema en forma de péndulo. No, ya no hay héroes en su París. Los héroes huelen mal.

Yo tampoco soy un héroe pero en mi París hay muchos. Por eso me quedo en las Tullerías. Estoy aquí porque soy lector y escribo en presente porque intento escribir. Por eso os intento hacer creer que mis botas hacen crujir el suelo lleno de hojas del pulmón de París, justo en este instante. Un escritor nostálgico en una ciudad con bronquitis. Y me sumerjo entre la arboleda esquelética y ,como puedo ver a través de sus misterios, diviso un pequeño carrusel dorado como un camaleón entre el otoño. Es como un pequeño secreto en medio de este mundo molesto. Sus caballos galopan sin jadeo y un niño observa atentamente su carrera sin fin. Quiere montar su corcel e irse muy lejos de aquí. Sueña con ser un jinete y lo es. Justamente detrás de él, su madre y su hermana se abrazan sentadas en un banco, cada una de ellas con su sueño particular.

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Ellos están en mi París y yo tengo también el mío propio. Me fundo con el niño, quiero ser el niño y lo soy. Ensancho mi capacidad para imaginar y cabalgo por el bosque como lo haría él. Pienso en mi vida llena de fantasías y no la entiendo. Echo de menos sin saber por qué. Pero tras un minuto de grabación me guardo el móvil en el bolsillo, por miedo a ser descubierto. No quiero poses, no quiero alarmas, lo quiero todo real. Ahora ellos tienen su París y yo tengo el de todos en mi móvil. ¡Soy uno más! Ahora sacaré dinero del banco para comerme un crepe con queso fundido, como hacen todos los demás.

Pablo Melgar Salas

Paris – Richard Galliano & Sylvain Luc