Sabía dónde estaban guardadas aquellas tres cintas que eran mis favoritas de niño y en qué orden. Una era de los Beatles, otra de Ketama y la otra llevaba un rótulo a bolígrafo que ponía: The Rolling Stones. Eran los tres primeros sonidos que conocía y mi inocencia me decía que era la música del pasado, la de mis padres, la de mis abuelos, las voces ya muertas que solamente podría disfrutar rebobinando una y otra vez aquellas cintas. Solía coger ésta última para pasármelo bien y me subía a una silla para llegar al radiocasete, ya que estaba demasiado alto para mi corta estatura. Apretaba el botón “Power” y comenzaba a chillar el ruido de la radio sin sintonía hasta que seleccionaba el “Play” y empezaba a sonar puro rock’n’roll…mientras yo saltaba en el sofá sin que nadie me viera, con el mando de la televisión como micrófono.

Jumpin’ Jack Flash siempre fue un chute de adrenalina y siempre me la supe en mi inglés inventado de la infancia, pero con 53.999 almas más ayudándome era mucho mejor, ¡ni en mis mejores sueños lo habría imaginado! El 25 de junio de 2014 en el Estadio Santiago Bernabeu, los Rolling Stones salieron ya arengando a la gente, obligándonos a saltar y a hacer palmas mientras escaneábamos con nuestras retinas la americana roja brillante de Mick Jagger, la chupa azul de Ronnie Wood y la sonrisa de diablo viejo de Keith Richards. Los Stones a unos metros de distancia.

El público inclasificable lleno de viejos roqueros, niñas lloronas de emoción y gente de todas las edades con una lengua en la camiseta. Cada uno había conocido la música de los Rolling de maneras diferentes: al descifrar aquella ruleta mágica de las radios antiguas, al hacerse con los primeros vinilos en el Rastro, a través de Martin Scorsese, los bares, el Spotify o por herencia familiar; pero todos vibraban como en los mejores días de una vida. You got me rocking motivó los primeros labios sangrantes de aquellos que se los muerden al escuchar hard rock y, en seguida, ya estábamos cantando al unísono aquello de que “es solo rock and roll pero me gusta (It’s only rock and roll but I like it)”. Un lema para tatuarse en el alma.

No hay que olvidar el legado de Chuck Berry en el sonido Stone pero los punteos de Keith y Ronnie son marca registrada, y escuchar el flirteo de las cuerdas en el comienzo de Tumbling Dice en directo es histórico para cualquier roquero. No apareció el Boss (Bruce Springsteen) como en Lisboa, pues posiblemente habríamos muerto, pero en seguida nos estábamos derritiendo con el lamento de Mick Jagger a Angie: “I still love you, Baby…”, cantaba. Y nosotros lloramos, las niñas por fuera y los roqueros orgullosos por dentro.

¿Que cómo se sentía aquello?, una locura. Y nos lo preguntaron varias veces en aquella oda al desenfreno que es el Like a Rolling Stone de Bob Dylan, la canción sometida a votación que había ganado por goleada. Es, sin duda, el mejor himno para cantarlo en un estadio al son de miles de gargantas sin dirección, como completos desconocidos, like a Rolling Stone!

Perdimos la conciencia de tanto rodar y Doom and gloom sonaba tan familiar como si tuviera 40 años. Entonces apareció Darryl Jones como aquellas veces en las que el bajo amenaza los corazones del público, haciéndolos retumbar, con lo que se les viene encima: Out of control, la representante de Bridges to Babylon, aquel discazo que lanzaron los británicos solamente 35 años después de su primer disco. Los Stones jugaban con el tiempo y nos trasladaron de vuelta a los sesenta, concretamente al año 69 para cantar el rock’n’roll de Honky Tonk Women que todos conocíamos como a un familiar cercano. La ventaja de ser septuagenarios es que pertenecen a siete décadas diferentes.

Y llegó la cita ineludible con Keith Richards y su blues sucio You got the silver, acompañado por los punteos de un Ron Wood pletórico, con menos achaques que su compañero de farras, que rescató la luz de unos mecheros en peligro de extinción por la era digital. Keith había despertado y se olvidó de sus setenta años hasta el final del concierto, exceptuando algún lapsus con la letra de Can’t be seen, para llenar de riffs el Santiago Bernabéu en posición Chuck Berry para conseguir el rock’n’roll que mejor suena del mundo sin necesidad de un gran virtuosismo pero con la sonrisa más fea y más granuja de cualquier rock’n’roll star.

 

Uno de los momentos del concierto fue la alargada Midnight Rambler que, con mil registros y volúmenes, nos mandó callar y saltar en cuestión de segundos con la ayuda del gran solo de guitarra de Mick Taylor (ex-Stone). Resultó ser una exhibición de fuerza de Mick Jagger al micrófono, a la armónica y al baile al que nos tiene acostumbrados, lleno de negaciones y movimientos bruscos de divo que levantaron al público, como en Miss You, con cada meneo de su brazo. Aullamos juntos y los que pudimos abrimos nuestras petacas para dar un buen trago de whisky en honor a los setenta años de Mick Jagger y a su voz intacta.

 

Para concluir el concierto nos tenían reservados los mejores clásicos de su repertorio. Todos esperábamos el momento Gimme Shelter con el que tantas veces hemos visto matar a Martin Scorsese en su cine y allí estaba “a solo un disparo de distancia”. Pero no había refugio para esconderse de la potentísima voz negra de Lisa Filcher que avisaba del peligro de una guerra representada por Keith y Ronnie, que nos asesinaban a golpe de riff.

Quedaban entonces Start me up y Brown Sugar para cambiar los saltos por bailes y resintonizar aquellos sonidos que tanto hemos escuchado a lo largo de nuestra vida para hacérnoslos vivir cara a cara. No se cual es su secreto, ni si su historial de sexo, drogas y rock and roll que llevan a cuestas se ha invertido gracias a un pacto con el diablo. Pero lo que hicieron con Sympathy for the devil fue una verdadera oración al infierno sin necesidad de grandes artificios para acabar el concierto llenos de color rojo.

Todo había acabado, en teoría, pues quedaban los bises asegurados. El coro de voces que inauguran You can’t always get what you want es una de las experiencias más impresionantes de mi vida. Me olvidé de la hora, de quién era, de quién tenía a mi lado y canté lo que supe en aquel anfiteatro monumental lleno de gargantas que rezaban por el amor valiente . Un góspel de rock and roll que me hizo recordar que si lo intentas quizás podrás obtener aquello que quieres y doy gracias por haberme atrevido meses atrás a cumplir aquel sueño de la infancia que tenía como banda sonora la versión en directo del Satisfaction de los Stones que tantas generaciones antes que yo han berreado de la misma forma.

Y, de repente, se acabó la cinta. Bajé del sofá, dejé el mando de la televisión en su sitio y me fui con la sonrisa de un niño, porque aquella vez había sido real. Ya no necesitaré rebobinar más para rememorar aquella vez que estuve en el concierto de la mejor banda de rock and roll que ha existido, pues está grabado en mi memoria y ya no solo en mi imaginación.

Pablo Melgar

 

 

 

 Sympathy for the devil – The Rolling Stones (live)

 

Midnight Rambler – The Rolling Stones (live)