“Pero nada podía alegrar el corazón del héroe, mientras no entrara en sangriento combate. Y acordándose de Patroclo, daba hondos y frecuentes suspiros…” Ilíada – Homero

 

Aquiles olía a sudor cuando se despertó. “Deben estar a punto de llamarme”, pensó invocando a los Dioses para que aún fuera de noche. Entreabrió los ojos y los primeros rayos de luz le colorearon la cara de puntos blancos en contraste con la oscuridad que reinaba en su tienda. Estaba amaneciendo y eso le reconfortó, aún quedaban horas hasta el mediodía, cuando pensaba citar a Héctor a las puertas de Troya para hacerle pagar por la muerte de Patroclo, al que tanto amaba. Pero todo eso se le había olvidado por el momento y el sueño plácido le dominaba como un parásito en la mente. Se giraba una y otra vez entre las sábanas disfrutando, retozando en la ignorancia del durmiente. Y por qué no decirlo, rascándose los huevos como buen hombre que era. Entonces una pequeña flatulencia vibró en su lecho y por primera vez en semanas fue feliz.

Pero un turbio pensamiento se cruzó de repente por su mente y se incorporó de un salto, borrando cualquier rastro de sueños gratos. Era el día en que vengaría la muerte de su compañero Patroclo, no el día de antes ni el de después. Hoy era uno de esos días en los que había que luchar por cojones y aunque era prácticamente una divinidad en cuestiones de batalla no estaba exento de sentir como un humano más. ¿Habría sentido tal pena en su corazón de no ser así? Ojalá pasara ya el día y fuera de noche, pensó mientras tragaba saliva seca con olor a vino agrio. Había bebido entre sollozos la noche anterior hasta quedarse dormido y eso le había revuelto el estómago. O a eso le achacaba sus ganas de vomitar y no a la imagen imborrable de “el gran Héctor domador de caballos” en su mente.

Salió de su tienda y una calma sospechosa reinaba en el campamento que los griegos tenían instalados en la orilla de la opulenta Troya. Hoy no habría más batalla que la suya, así que las tropas argivas disfrutaban de esa pequeña tregua entre ronquidos y bocas pastosas de resaca blanca. Mientras, en la orilla, las gaviotas se disputaban los restos de comida de los banquetes de la noche anterior y de los cadáveres apilados en la ribera. Carroñeras e insolidarias se picaban las unas a las otras, arrancándose las plumas por llevarse el trozo de carne más grande. Pero Aquiles no estaba para otra cosa más que apuntar la vomitera en el agujero que había hecho en la arena. Nadie podía enterarse que el poderoso Aquiles de pies ligeros sufría de pánico antes de la lucha que le haría inmortal. Eructó, ya vacío, e hizo gárgaras con el culo de la botella de vino de la noche anterior para enmascarar su aliento. Un escalofrío de quien bebe algo que le perfora el estómago le recorrió el espinazo. Los músculos le pesaban y un flojera inusual impregnaba su cuerpo. Patroclo seguía ahí, alimentando su furia, pero tampoco podía dejar de pensar que tras este capítulo moriría a las puertas de Troya y ningún Dios estaba dispuesto a cambiar los designios de esa profecía.

Por si acaso, había hecho el amor con una esclava la noche anterior. Y también con un esclavo. Aquiles aprovechaba bastante bien su vida terrenal. Quizás por eso le escocía la ropa en la ingle y no paraba de rascarse. Aquel joven debía de haberle pegado algo y le preocupaban bastante los efectos de ese escozor bajo la armadura. El mismísimo Hefesto, dios del fuego y la forja, había elaborado ese armazón con sus propias manos divinas para que Aquiles el de los pies ligeros tuviera una armadura digna de su nombre. Ya que la que solía usar había sido cogida por Patroclo sin que él lo supiera y robada por Héctor domador de caballos cuando le dio muerte al joven. Entonces, Tetis, ninfa del mar y madre de Aquiles, consiguió que Hefesto forjara para él un chispeante y primoroso escudo en el que representó una visión cósmica del mundo, y una maravillosa armadura impenetrable. Sin embargo, cuando Aquiles se la enfundó, notó que los kilos que había ganado en los últimos tiempos en los que se había negado a batallar, la hacían más prieta; además de su pequeño problema de escozor. ¡Pero cómo le iba a reprochar nada a los dioses por equivocarse en la talla! Así que dejó de respirar y se embutió en ella sin rechistar.

Ya estaba todo listo para que escribiera su nombre en los anales de la historia y en el cuello de Héctor. Todos esperaban ansiosos fuera, pues habían sido testigos de las amenazas que Aquiles había proferido al cielo durante su borrachera nocturna. Ya se murmuraba que se había envalentonado con el vino y que no iría, a pesar de que todos eran conscientes de la superioridad de Aquiles en la contienda frente a cualquier hombre. Ya lo había demostrado a lo largo y al ancho del Mediterráneo y no tenía que probar nada a nadie. ¡Su sangre procedía de los mismísimos dioses! ¿Qué más querían? Pero Héctor, el príncipe troyano, había demostrado su gallardía durante toda la semana matando a diestro y siniestro a cualquier argivo que se le pusiera por delante, mientras Aquiles había permanecido en su tienda negándose a luchar por una disputa con Agamenón y dejando morir a los suyos. Y ya se sabe cómo son las muchedumbres, que en seguida cambian de ídolo. Así que Aquiles no tuvo más remedio que apretar los dientes y salir afuera.

Todos le miraban, primero con asombro y después con admiración. Se sintieron orgullosos de ser griegos y de haber luchado a su lado. Fue su momento de gloria, como un Dios andando por la tierra, y por eso se sintió más alto y más fuerte que nunca. Ni siquiera notaba sus pies ligeros tocar el suelo y una pose de odio y certeza habitaban su rostro. Todos sabían que apagaría los ojos de Héctor, el heredero de Troya, incluso el mismísimo Héctor era consciente de su final. Pero cuando ya había atravesado el campamento y había puesto rumbo a la majestuosa Troya su gesto de determinación se tornó en repetidas palpitaciones y sudores en las manos. Ya no se sentía tan alto y tan fuerte, pero era tarde para mirar atrás. Fue en ese momento y no en otro, cuando el divino Aquiles de pies ligeros miraba a su destino cara a cara, cuando una sensación alarmante se hizo más grande que Héctor en su mente: “¡Encima me estoy meando, joder!”, pensó. El resto ya lo conocemos, cómo Aquiles se convirtió en mito a pesar de tener la vejiga llena. ¡Todo un héroe, tal y como era!

Pablo Melgar

 
My hero – Sean Lennon